martes, 22 de octubre de 2013

COMENTARIO DE TEXTO Y PRESENTACIÓN DE TRABAJOS ESCRITOS

     
TEXTO A. En esta novela de “gramática-ficción”, el novelista y articulista Juan José Millás materializa las palabras y suscita así una reflexión sobre las particularidades de cada categoría gramatical. 

     Yo no tenía sueño, de manera que tomé el libro de gramática de debajo de la almohada y me dispuse a leerlo con la intención de hallar las diferencias entre el sustantivo y el adjetivo o entre el verbo y el adverbio. Me pareció sorprendente que hasta ese instante las palabras hubieran constituido un todo indiferenciado, como las plantas o los árboles (apenas éramos capaces de distinguir una acacia de un chopo), siendo tan diferentes entre sí.
      El verbo tenía una textura fibrosa y un sabor concentrado. Traté de imaginarme uno muy rudimentario, que no fuera capaz de expresar aún el pasado ni el futuro: sólo el presente, e hice cábalas sobre ese momento de la historia, o de la prehistoria, en el que de súbito apareció el tiempo o los tiempos, y fue posible mirar hacia delante y hacia atrás, hacia ayer y mañana. Ayer se había muerto mi abuelo y mañana lo enterraban. Vistas así, las palabras eran ventanas por las que te asomabas a la realidad. Gracias a la existencia de un verbo en pasado o en futuro, las cosas desaparecidas continuaban durando y las que no habían llegado comenzaban a suceder.
       
     El adjetivo, pese a su aparatosidad, me pareció algo insípido, aunque al morderlo producía un ruido excitante, como una lámina de caramelo. El sustantivo era sin duda alguna el rey. Te llenaba la boca con su olor ya antes de empezar a masticarlo y al romperse por la presión de los dientes liberaba más jugos de los que parecía contener. Así como el sabor del verbo podía evocar el de una víscera (el hígado de ternera, quizá), el del sustantivo estaba más cerca de las sensaciones que producen las frutas al contacto con la lengua. Y los había amargos, dulces, ácidos, empalagosos, agridulces y picantes. Algunos no se podían tragar sino envueltos en un adjetivo.
     Los artículos y las preposiciones no sabían a nada, pero al colocarlos entre los dientes y presionar se rompían como las pipas de girasol. En cierto modo eran semillas: si plantabas un artículo o una preposición debajo de la lengua, en seguida se desprendía de él un sustantivo: no podía estar solo. El adverbio emanaba el olor acre característico de algunas vísceras encargadas de filtrar los humores corporales, y las conjunciones tenían también algo de fruto seco. Era entretenido masticarlas, pero no podían sustituir una comida.                              
              MILLÁS, Juan José: El orden alfabético, Madrid, Alfaguara, 1998.

     
   TEXTO B. A continuación, una novela de Josefina Aldecoa (Historia de una maestra). 
       Los niños eran todos negros. La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban. Todos dijeron que estaba loca cuando la elegí. Yo tenía veinticuatro años y afán de aventuras. Si fuera hombre...pensaba. Un hombre es libre. Pero yo era mujer y estaba atada por mi juventud, por mis padres, por la falta de dinero, por la época. Era el año 1928. En la oposición había sacado un excelente número: la tercera entre cincuenta. Miré los mapas y el punto más lejano de la tierra al que podía llevarme mi carrera estaba allí, en la línea del Ecuador. Una franja pequeñísima de África, unas islas, un nombre que cruzaba sobre el mar y se adentraba en el continente: Guinea Ecuatorial. Aquél sería mi destino.
       Pensé en don Wenceslao: “Si algún día...”, me había dicho y enseguida había rectificado: “Pero usted nunca va a caer por allí”.  No puedo decir que me influyera el recuerdo del viejo amigo. Hasta su Guinea me parecía distinta de la que yo estaba eligiendo. Yo no iba a negociar ni a hacer fortuna. Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender, a buscar paisajes nuevos, nuevas experiencias, en un país que además de exótico era nuestro. Así que lo arreglé todo, desoí los consejos y los llantos familiares y me bajé hasta Cádiz para embarcar. Cádiz era el extremo sur, el final de mi mundo. De Cádiz arranqué un día de septiembre y atrás dejaba límites y ataduras. Y el recuerdo de una escuela perdida entre montañas.
       Cuando el barco zarpó yo veía la tierra alejarse desde el puente. No quería pensar en lo que abandonaba. Necesitaba la fuerza de los emigrantes, el valor de los conquistadores. Recordé el último consejo de mi padre, arrancado de una de sus lecturas: «La aventura puede ser loca, el aventurero no.» Y un respingo de emoción me asaltó mientras la costa española se desdibujaba a lo lejos.
      Con los embates de las olas, todo el barco crujía. Era un barco viejo y parecía que iba a partirse en dos a cada instante. Al tercer día estalló una tormenta que nos mantuvo encerrados durante doce horas en los camarotes, reducidos y sofocantes. En el mío había plazas para cuatro, pero íbamos sólo tres: la mujer de un empleado de telégrafos de Santa Isabel, que se pasaba el tiempo maldiciendo; su hija, una muchacha de mi edad que vomitaba a todas horas, y yo, que sufría y aguantaba con paciencia inclemencias de la navegación.
       Macilentos y ajados avistamos un día la tierra de Guinea. Ya escaseaba el agua y la comida disminuía por momentos en cantidad y calidad. El calor nos quitaba apetito y nadie hubiera osado protestar, desmadejados como andábamos todos, del puente al camarote; del salón aliviado con las hélices del ventilador que colgaba del techo, al comedor por el que discurrían sudorosos los camareros repartiendo té y café en pesados recipientes.
        El día antes de llegar a Santa Isabel me llamaron de primera y me entregaron un telegrama de la Delegación anunciándome que me esperaban en el muelle.
Josefina Aldecoa
       Al clarear el día siguiente, vimos la costa, con grandes elevaciones, pero todavía faltaban unas horas para divisar Santa Isabel.
        Recuerdo la llegada. El puerto. Y a lo lejos el rumor de las voces que anunciaban el barco. El paso por el puente balanceante que me llevaba a tierra firme. La espera de mi baúl que no llegaba nunca. Me rodeaban mozos, negros harapientos que ofrecían sus servicios en un defectuoso castellano: Hola señora, hola mujer. Apareció un funcionario blanco y lacónico: «Señorita Gabriela López; sí, de la Delegación, sí, la acompaño, vámonos pronto...» y luego la noche de insomnio en un Hotel de indescriptible suciedad. El calor, la gasa rota del mosquitero, el obsesivo girar de las aspas sobre mi cabeza; ruidos indescifrables arriba y abajo; la puerta sin cerrojo ni llave; un lavabo roto con un jarrón desportillado como único suministro de agua.
     
    Al fin el nuevo día y el mismo funcionario que me espera en el vestíbulo del Hotel y me conduce al puerto y al barco, alemán, que iba a llevarme a la última etapa de mi viaje.
   Apoyada en la cubierta, veía los contornos montañosos de la isla de Fernando Poo, los torrentes que se deslizan desde lo alto hasta el mar, la exuberancia forestal de la costa.
  
   A mi lado se había instalado un joven negro. Apoyaba, como yo, los brazos en la barandilla y miraba en silencio la costa. El cielo estaba gris azulado, el aire era sofocante pero yo me resistía a retirarme a la sombra no menos calurosa.
  - Hermosa isla -dijo el hombre sin dirigirse a mí, pero estábamos solos y tuve que darme por aludida.
  - Muy hermosa -contesté.
    Me miró de frente y sonrió con una sonrisa blanquísima que iluminó su rostro oscuro.
    Su español era suave y melodioso. Hablaba como una persona educada. Su lenguaje guardaba relación con el traje blanco, de corte europeo, y con su forma especial, reservada y cordial al mismo tiempo, de dirigirse a mí.
   -Soy médico -me dijo- y regreso a mi hospital. El continente es muy distinto a esto. -Y señalaba la isla brumosa y cercana. Cuando supo la razón de mi viaje volvió a sonreír-. La necesitamos -afirmó-. Necesitamos medicinas y escuelas. Pero sólo nos mandan hombres de negocios... Los niños la estarán esperando.
  
    Me esperaban. Todos eran negros y sonrieron. Sus sonrisas me devolvieron la esperanza. Aquélla era mi primera escuela en propiedad. Nunca la olvidaré. La tengo aquí, metida en la cabeza. Una choza de calabó, como todas las del poblado, con el techo de hojas de nipa entrelazadas sobre el armazón de bambú. Estaba un poco en alto, rodeada de un bosquecillo ralo de palmeras Desde allí se veía el mar. Los niños negros me miraban sonrientes y desde ese primer momento supe que no me había equivocado.
     En noches de verano, cuando el calor no me deja dormir, cierro los ojos y me veo allí, bajo el techo de palma entretejida, tumbada en el chinchorro que se mueve despacio esperando la caricia del mar en la amanecida. Manuel se empeña en mover un abanico sobre mí.
    
   «Quieto, Manuel», le digo, «vete a dormir.» Se arrastra hasta la arena de la playa, desaparece en la pendiente que desciende brusca, hasta el agua. «Báñate», me dice todos los días, «báñate y saldrás del calor.» Manuel, mi criado, me cuida y pretende calmar, a su manera, mi desazón.
     Agua, de la barrica, bien fresquita... un poquito de coco... Pero el calor me aplasta. Un baño de vapor, una opresión en los pulmones que se resisten a filtrar el oxígeno.
     Mi casa era como todas: una cama de bambú, sin ropas ni almohada; un banco y una mesa también de bambú y canastos distribuidos por la choza en la que guardaba mi ropa y mis objetos personales.
     Pero mi lugar preferido era el chinchorro (hamaca)* que colgaba a la entrada, bajo la sombra del tejado, que avanza y sobresale como un pequeño toldo vegetal.
               
  ALDECOA, Josefina: Historia de una maestra, Barcelona, Anagrama, 1990.

ACTIVIDADES DEL TEXTO B. TIPO EXAMEN DE SELECTIVIDAD (1:30 HORAS). 
Parte 1 (relacionada con la estructura interna y contenido del texto): 

a)  Haga un resumen del texto propuesto (1).

 

b)  Comentario personal: ¿Cree usted que la sanidad y la educación deben de ser gratuitas, o por el contrario, se han de establecer  impuestos directos para ambos sectores debido a la actual crisis? Argumente sus respuestas (2).

 

c)   Explica uno de estos dos contenidos teóricos. Haz un esquema de uno de estos dos contenidos teóricos del tema que nos ocupa (2,5) (lo más completo posible):

 

*      El verbo: concepto, accidentes gramaticales, clasificación, formas no personales, perífrasis y locuciones verbales.
*      El determinante y el pronombre: conceptos, tipos y ejemplos.

Parte 2 (relacionada con la estructura externa y forma del texto).

a) Explica qué tipo de texto es el que se ha propuesto y sus características.  
Responde a las siguientes cuestiones morfológicas (1):
*      Busca un ejemplo de cada categoría gramatical que se ha tratado en el tema 6. 
*      ¿Qué tiempo verbal predomina? ¿Cuándo se produce un cambio de tiempo verbal en la narración?
*      Localiza algún ejemplo de perífrasis verbal. 
*      Escoge tres sustantivos del texto y clasifícalos según su significado (común, propio-antropónimo o topónimo-, concreto…)
*      Localiza el párrafo donde se concentran más adjetivos explicativos o epítetos. Copia algunos y di por qué en esta parte del texto predomina este tipo de adjetivos. 
*      Analiza los pronombres en el segundo párrafo (desde “Pensé en don Wenceslao…hasta entre montañas”). 
*      Busca, en el primer párrafo, un recurso o figura literaria que consiste en la supresión de conjunciones. ¿Cómo se llama? ¿Qué provoca su uso?

b) Explica el significado de las siguientes palabras y construye una oración con cada una de ellas: armazón, contornos, lacónico  y embates (1,5).

c) Analice sintácticamente morfológicamente: “La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban” (recuerda: palabra, categoría gramatical, tipología, género, número; tiempo, modo, persona, voz, conjugación y aspecto; significado pleno o gramatical; variable o invariable; número de sílaba y posición de la sílaba tónica) (2).
 
                      
  Si deseas leer sobre la tertulia literaria que tuvimos de este libro, pincha en el siguiente enlace: 
http://tertuliasdelmelendezvaldes.blogspot.com.es/2012/02/ii-tertulia-literaria.html


PRESENTACIÓN DE TRABAJOS ESCRITOS

Antes de empezar:
  A la hora de presentar un trabajo debes tener en cuenta que todo lo que expongas debe tener las siguientes características: 
a) Claridad
b) Orden
c) Limpieza.

 Redacción del trabajo:

En cualquier trabajo escrito existe un contenido y un aspecto formal.
  Para conseguir expresar el contenido con exactitud, haz un borrador de todo lo que quieres decir, utilizando para ello un esquema de trabajo.
  En cuanto al aspecto formal te presentamos un pequeño guion que puede ayudarte: 

a) Haz una portada (en ella debe aparecer el título del trabajo, el nombre de cada uno de los componentes, el curso en el que estáis y el nombre del profesor que os lo ha encargado). La portada puede ir acompañada de un dibujo. 

b) Índice. A continuación, en la segunda hoja, debe aparecer el índice de los contenidos. Al lado de cada contenido hay que poner la página en la que se encuentra dicho contenido. 

c) Cuerpo del trabajo (es decir, el trabajo en cuestión). Para hacerlo repasa lo que te hemos dicho referente al borrador. 

d) Bibliografía: Recuerda que en todo trabajo de investigación debes indicar siempre las fuentes de donde has tomado la información. Llamamos bibliografía, al apartado en el cual se citan todos los documentos que se han utilizado (también el soporte digital).

Para concluir:
  Redacta todo el trabajo, teniendo en cuenta todo lo anterior. No olvides repasarlo y corregir los supuestos errores (tanto de contenido como formales. No olvides la ortografía). 

 Otros aspectos:
a)    Claridad caligráfica.
b)    Cuida los márgenes y la limpieza. No olvides el sangrado inicial y después de cada punto y aparte.
c)     Respeta las normas de la ortografía.
d)    Esmérate en la presentación. Una presentación poco cuidada, así como la existencia de errores sintácticos o falta de coherencia desmerece el comentario.
             

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