lunes, 23 de septiembre de 2013

ALGUNOS TEXTOS DE JUAN JOSÉ MILLÁS PARA TRABAJAR EN CLASE



   Juan José Millás es uno de mis escritores vivos preferidos. Considero que es un escritor muy imaginativo y que refleja como nadie el análisis de lo cotidiano. Todo ello sabe aderezarlo con una prosa culta con regustos coloquiales que oscila entre irónica y trágica e incluso con cierto poso de amargura. Ahora bien, lo más llamativo de este escritor es que acude de manera intermitente a la reflexión sobre nuestra propia lengua (función metalingüística) y esto nos permite otra manera de acercarnos más a sus escritos.

   En este caso escribe un interesante “articuento” sobre la gramática que merece la pena leer…
   
 VIVA LA GRAMÁTICA

  Una red invisible de palabras planea sobre nuestras cabezas. Todas las conversaciones realizadas a través de los teléfonos móviles recorren la atmósfera antes de llegar a su destinatario. A las sucesivas capas de gas que rodean la Tierra habría que añadir ahora la alfabética. Esta capa, a diferencia de la de ozono, no tiene ningún agujero. Es más, no cabe una letra ya en este tejido. De no ser transparente, hace tiempo que viviríamos a oscuras. Sobrecoge la posibilidad de que un día esas palabras se solidifiquen de forma paranormal, como los aerolitos, y comiencen a caer sobre nosotros. Saldría uno al jardín y le caería a los pies una oración gramatical cualquiera: "Dile a tu madre que no voy a comer". 


    Si las palabras fueran materiales de construcción, hace tiempo que no se podría salir a la calle. De hecho, casi no se puede entrar ya en el tren o en el autocar de línea. Está uno intentando concentrarse en una novela de Simenon, cuando le cae encima la conversación del señor de atrás con su socio. El señor de atrás fabrica envases de plástico, aunque después de escucharle un rato, en detrimento de Simenon, se da uno cuenta de que lo que el señor de atrás fabrica son frases. Defectuosas, por cierto. En las dos horas que ha durado el viaje, y la conferencia telefónica por tanto, no ha hecho una sola construcción sintáctica como Dios manda. Espero que sus envases sean mejores, aunque lo que a él le gusta es la oratoria.

    La industria del futuro es la industria sintáctica. Todo el mundo habla. No hacemos otra cosa que hablar. La atmósfera está completamente llena de conversaciones. Lo malo es que son conversaciones banales, malas, rotas, tristes, defectuosas. Tanta tecnología punta para preguntarle a la sufrida esposa dónde está la mahonesa. Pues en el tarro de la mahonesa, hombre de Dios, dónde quieres que esté. Vamos, que son mejores los teléfonos que las conversaciones. Pues bien, ahora que ya hemos conseguido una calidad impresionante en el aparato, sería hora de poner las frases a su altura. En otras palabras: viva la gramática, con permiso de Telefónica (con acento en la o).




   En el siguiente caso, Millás recurre a una comparación: el Real Madrid de fútbol y del año 2004 equivale a una oración mal construida. Pido, por favor, que se no enojen los madridistas (de parte de un culé). 





 ORACIONES


   Ahora mismo estoy escribiendo una oración compuesta que tendrá dos o tres subordinadas en función de lo que quiera decir o de lo que desee alargarme.
    Punto y seguido. Ahí está la oración, que ha quedado de este modo: “Ahora mismo estoy escribiendo una oración compuesta que tendrá dos o tres subordinadas en función de lo que quiera decir o de lo que desee alargarme”.
     Para pronunciar o escribir una frase tan tonta es necesario, sin embargo, una competencia lingüística notable. No somos conscientes de la cantidad de recursos gramaticales que utilizamos al cabo del día en la comunicación con nosotros mismos o con los demás. Para pedir a nuestros hijos que estudien o que no vuelvan tarde a casa el sábado por la noche, ponemos en pie todo un edificio verbal con más complejidades arquitectónicas y emocionales que un rascacielos.
    No sé mucho de fútbol, pero me parece que llevar el balón desde una portería a la contraria e introducirlo entre sus palos se parece mucho al proceso de construcción de una oración compleja. Cuanto más larga es la frase (o la jugada), más necesarias son las emociones y las reglas sintácticas.
   No basta con elegir bien los sustantivos y los adjetivos. Las conjunciones y las preposiciones, pese a su aparente modestia, son piezas tan esenciales como la rótula en la pierna o el codo en el brazo. Una oración bien construida es un cuerpo lleno de huesecillos gramaticales que el hablante no necesita conocer para que funcionen como Dios manda. Tampoco estamos pendientes de la concordancia, pero nadie, excepto un entrenador de fútbol extranjero, diría que “las jugador está enfada porque no cobraría el nómina de la mes”.
   El problema del Real Madrid es que ha perdido competencia lingüística. Tiene excelentes sustantivos y adjetivos, sí, pero le faltan conjunciones y preposiciones, que es lo mismo que poseer una hermosa puerta con su quicio, pero carecer de bisagras para su articulación. Los jugadores del Madrid saben dar puntapiés, es decir, saben pronunciar palabras aisladas, pero no logran que los puntapiés de unos concuerden con los de los otros para hilar una frase. No necesitan un entrenador, necesitan un gramático, y quizá un logopeda. 

   A continuación, otro texto de Millás en el que se pone de manifiesto, no con cierta ironía, la absoluta sorpresa que provoca que un adolescente en estos tiempos se acerque a los clásicos de la literatura. Este texto fantástico se toma como base para iniciar las clases de bachillerato. Se añade una serie de preguntas para comprobar los conocimientos lingüísticos del alumnado y sus capacidad de análisis (extraído de http://lenguayliteratura.org/lengua/prueba-inicial-bachillerato/)

CLANDESTINOS

    Un amigo íntimo me pidió que acudiera el sábado por la noche a su casa para mostrarme algo. Al llegar, abrió la puerta con aire de misterio y me hizo pasar sigilosamente a su cuarto de trabajo. Mientras yo curioseaba entre sus libros, él iba de acá para allá, ofreciéndome té, café, whisky, como si le diera miedo entrar en materia. Tras dejar transcurrir un tiempo prudencial, le pregunté si tenía algún problema. Respondió que no estaba seguro y a continuación, colocando el dedo índice sobre los labios, me arrastró al pasillo, desde donde nos dirigimos con movimientos furtivos al salón, cuya puerta estaba entreabierta. Al asomarme, vi a su hijo, de 18 años, instalado en el sofá, leyendo tranquilamente Madame Bovary.

   De vuelta a su estudio, me miró con expresión interrogativa. “¿No te parece alarmante?”, preguntó. “¿Preferirías que leyera Ana Karenina?”, pregunté a mi vez. “Por Dios”, gritó, “es sábado por la noche y tiene 18 años; debería estar tomando cervezas con los amigos”. No le dije nada, pero lo cierto es que la imagen del joven, devorando aquella obra clásica, me había perturbado. Quizá no fuera un psicópata, pero tampoco se podía negar que le ocurría algo. Se empieza con rarezas de este tipo, que al principio hacen gracia, y se acaba leyendo a Samuel Beckett. “La lectura es buena”, le tranquilicé, “en eso está de acuerdo hasta el Ministerio de Cultura”. “La lectura”, respondió mi amigo, “es buena cuando tus amigos leen, como pasaba en nuestra época. Ahora es un síntoma jodido. Si al menos le diera por El Código Da Vinci, que no hace daño a nadie…”.
  Me pidió que hablara con su hijo. “Después de todo”, añadió, “lo conoces desde que era un niño y te escuchará mejor que a mi”. A los pocos dias, me hice el encontradizo con el chaval y entramos en un bar. Hablamos de literatura y me pidió algún consejo para abordar la lectura de los clásicos latinos, que se le resistian. Le recomendé una edición bilingüe de la Eneida y me ofrecí para que la comentáramos juntos. Pagó él y, al despedirnos, me guiño un ojo, diciendome: “De todo esto, ni una palabra a mi padre, que está muy preocupado conmigo”. Asi que llevamos dos semanas leyendo clandestinamente a Virgilio. ¿Adonde vamos a llegar?

ACTIVIDADES

  1. Define los siguientes términos: sigilosamente, furtivo, clandestinamente, encontradizo y psicópata.
  2. Estamos ante un texto que podemos definir como irónico. ¿Qué entiendes por ironía y dónde la localizas en el texto? Justifica tu respuesta.
  3. En el último párrafo hemos suprimido varias tildes. Encuentra los errores, corrígelos y explica la regla que has aplicado.
  4. ¿Qué formas verbales se utilizan en el primer párrafo? Analízalas morfológicamente.
  5. Clasifica en adverbios, preposiciones y conjunciones las palabras subrayadas en el primer párrafo.
  6. En el segundo párrafo localiza cinco adjetivos e indica los sustantivos a los que se refieren.
  7. Localiza todos los pronombres personales del último párrafo.
  8. Anota y clasifica todos los determinantes del último párrafo.
  9. ¿Cuál es tu opinión sobre el texto? Recuerda que has de utilizar argumentos que justifiquen tus razonamientos.
  10. Resume el contenido del texto con tus propias palabras en una extensión aproximada de 4 líneas. (3 puntos: 1,5 comprensión y 1,5 expresión).
  11.  Escribe una palabra derivada de cada uno de estos verbos (1 punto): pedir, llegar, abrir, instalar y leer. 
  12. Clasifica morfológicamente (sustantivos, verbos, preposiciones...) las palabras de la oración: (1 punto): Me encontré con el chaval y entramos en un bar. 
  13. Escribe un sinónimo de cada una de las siguientes palabras (destacadas en negrita en el texto) (1 punto): casa, sigilosamente, amigos, jodido y chaval. 
  14. Explica con tus palabras las expresiones que tienes a continuación (en cursiva en el texto): (1 punto): Nos dirigimos con movimientos furtivos al salón. Devorando aquella obra clásica.
  15. Escribe una redacción de 125 palabras, aproximadamente, sobre uno de los siguientes temas: (3 puntos: 1 punto: coherencia de ideas; 1 punto: expresión correcta y fluidez; 1 punto: corrección ortográfica y gramatical.)a) Imagina que tú eres ese joven lector clandestino, y vas a mandar una carta a tu padre para contarle por qué lees. b) La lectura nos ayuda a conocer el mundo. ¿Qué crees que te aporta la lectura?



   En su novela El orden alfabético, Millás materializa las palabras y suscita así una reflexión sobre las particularidades de cada categoría gramatical (me recuerda de alguna manera al cuento de B. Pérez Galdós, “La conjuración de las palabras”).
 

   Yo no tenía sueño, de manera que tomé el libro de gramática de debajo de la almohada y me dispuse a leerlo con la intención de hallar las diferencias entre el sustantivo y el adjetivo o entre el verbo y el adverbio. Me pareció sorprendente que hasta ese instante las palabras hubieran constituido un todo indiferenciado, como las plantas o los árboles (apenas éramos capaces de distinguir una acacia de un chopo), siendo tan diferentes entre sí.
      El verbo tenía una textura fibrosa y un sabor concentrado. Traté de imaginarme uno muy rudimentario, que no fuera capaz de expresar aún el pasado ni el futuro: sólo el presente, e hice cábalas sobre ese momento de la historia, o de la prehistoria, en el que de súbito apareció el tiempo o los tiempos, y fue posible mirar hacia delante y hacia atrás, hacia ayer y mañana. Ayer se había muerto mi abuelo y mañana lo enterraban. Vistas así, las palabras eran ventanas por las que te asomabas a la realidad. Gracias a la existencia de un verbo en pasado o en futuro, las cosas desaparecidas continuaban durando y las que no habían llegado comenzaban a suceder.
        El adjetivo, pese a su aparatosidad, me pareció algo insípido, aunque al morderlo producía un ruido excitante, como una lámina de caramelo. El sustantivo era sin duda alguna el rey. Te llenaba la boca con su olor ya antes de empezar a masticarlo y al romperse por la presión de los dientes liberaba más jugos de los que parecía contener. Así como el sabor del verbo podía evocar el de una víscera (el hígado de ternera, quizá), el del sustantivo estaba más cerca de las sensaciones que producen las frutas al contacto con la lengua. Y los había amargos, dulces, ácidos, empalagosos, agridulces y picantes. Algunos no se podían tragar sino envueltos en un adjetivo.
        Los artículos y las preposiciones no sabían a nada, pero al colocarlos entre los dientes y presionar se rompían como las pipas de girasol. En cierto modo eran semillas: si plantabas un artículo o una preposición debajo de la lengua, en seguida se desprendía de él un sustantivo: no podía estar solo. El adverbio emanaba el olor acre característico de algunas vísceras encargadas de filtrar los humores corporales, y las conjunciones tenían también algo de fruto seco. Era entretenido masticarlas, pero no podían sustituir una comida.                              

ACTIVIDADES

1.    Enumera las categorías gramaticales citadas por el autor, e indica cuáles no ha mencionado.
2.    Explica tu interpretación de la última oración del segundo párrafo.
3.    Explica si los rasgos que atribuye el autor a cada una de estas clases de palabras tienen, considerando sus características lingüísticas, algún fundamento.
4.    Imagina con qué animal, objeto o instrumento musical relacionarías cada una de las categorías gramaticales que menciona Millás.
5.  Teniendo cuenta lo anterior, explica qué quiere decir el autor con la siguiente oración: "El problema del Real Madrid es que ha perdido competencia lingüística".
6.  Explica qué recurso literario aparece en esta oración tomado del texto: "ponemos en pie todo un edificio verbal con más complejidades que un rascacielos". 
7.  Escribe un texto imitando el estilo de Juan José Millás sobre un problema de tu interés. Tenemos el caso de una alumna del IES "Los Moriscos" de Hornachos que nos afirma lo siguiente: 

        Ahora mismo me encuentro estudiando y he llegado a la conclusión de que la vida del estudiante no puede basarse en aprobar las temidas EBAU. Nos pasamos casi dieciocho años aprendiendo para después jugarnos nuestro futuro en un catorce. 
    Estamos haciendo exámenes desde los seis años para jugarnos nuestro futuro en cuatro exámenes finales. 
       No es más que un túnel oscuro en el cual no ves el final hasta que terminas de estudiar, sin darte cuenta que nunca dejarás de aprender y estarás obligado a seguir haciéndolo. 
      Las EBAU es como un monstruo real que nos asusta desde la ESO, pero nadie se para a decirnos que no tengamos miedo, solo nos arrastran hasta Bachillerato con el lema de "esto no es la ESO, en segundos notaréis más la diferencia". 
        Podríamos comprarlo con un liga de fútbol en la que partido a partido te has ido esforzando, dando lo mejor de ti y estando en las primeras posiciones, pero llegas al partido final y pierdes, y por mucho que te hayas esforzado, un gol es un gol, aunque le echas la culpa al árbitro. Te dirán: deberías haberte esforzado más, y no verán el buen pase que diste para marcar el gol, solo se fijarán en aquello que no marcaste. 
         De tal forma que aunque hayamos hecho más de doscientos exámenes nos jugamos en uno final, y por mucho que hayamos estudiado ni todo el mundo tiene la misma capacidad ni todo el mundo tiene un buen día. 

        Natalia Bermejo Jiménez, alumna de primero de Bachillerato (Ciencias). 
   




 He de reconocer que últimamente trato de pelearme dialécticamente con ciertos alumnos (que no alumnos ciertos) con el tema de la gramática y de la morfosintaxis en particular: que si no vale para nada, que si vale para algo, no le vemos la utilidad al igual que en otras materias...

  En todo caso, sabemos que la gramática es muy importante al igual que la función del páncreas es indispensable, aunque no tengamos clara su estructura, su forma, su función. ¿Puede alguien hablar bien sin tener idea de lo que es un sintagma nominal? Por supuesto, aunque parezca contradictorio. ¿Entonces? ¿Hemos de excluir la gramática de nuestro estudio? No, porque funcionamos con ella a pesar de no conocerla demasiado. 



 Vamos a leer un artículo, a ver qué os parece.


 Leo no sé dónde que los universitarios españoles sufren "carencias gramaticales
graves". La expresión "carencias gramaticales graves" suena a diagnóstico clínico. Quizá lo sea. De hecho, en el interior de cada uno de nosotros funciona
una gramática como funciona un hígado. 

Gracias al funcionamiento de la gramática no decimos, por ejemplo, que el madre de nuestra director han caído enfremos. Del mismo modo que vamos de acá para allá gracias al aparato locomotor, nos entendemos gracias a la gramática, una víscera más de la que no somos conscientes. Tampoco somos conscientes del páncreas, del que ni siquiera conocemos la forma que tiene, lo que no quiere decir que no actúe. Piense usted en el ser más rudimentario que conozca, escúchele hablar y no tendrá más remedio que admitir que la gramática -excepto en casos muy excepcionales- actúa dentro de su cuerpo.


 Si la víscera gramatical no actuara, la sociedad sufriría un colapso. No nos entenderíamos o nos entenderíamos tan mal que saldría uno de casa con intención de comprar un kilo de cebollas y regresaría (en el mejor de los casos) con cuarto y mitad de mortadela. Sin la víscera gramatical, no podríamos hacer la declaración de Hacienda ni sacarnos el carné de identidad ni escribir cartas al hijo que estudia o trabaja en Estados Unidos. 

Si a mí me dieran a elegir entre tener problemas digestivos graves o problemas gramaticales graves, elegiría los primeros, sin duda, pues con un régimen adecuado y protectores de estómago saldría adelante. Cuidémonos la gramática, pues, como nos cuidamos el corazón o la boca.
Ahora bien, del mismo modo que para ser deportista se requieren unas condiciones físicas excepcionales, para ser universitario es preciso poseer también unas condiciones gramaticales fuera de lo común. Tener universitarios con "carencias gramaticales graves" es lo mismo tener tenistas sin brazos o corredores sin piernas. Así que cuidado con la víscera gramatical de los universitarios, de cuya salud depende la del resto de la población.

Articuento de Juan José Millás, "La víscera gramatical", publicado en el Diario de Navarra el 27 de octubre de 2008. Y el artículo al que hace referencia es "Mucho título y pocas letras", publicado por José Luis Barbería en El País. 



  Otro excelente artículo es sobre esa forma de combinación léxica fosilizada, de estructura fija y sentido unitario, que no son fruto de la elaboración individual, sino que ya están acuñadas en la lengua y el hablante las memoriza y las repite invariablemente. Rebosa ironía por todos los costados...

    Me gusta la expresión gas natural y el conjunto de términos penosa enfermedad, pero me muero por paquete intestinal, paraíso fiscal o placa bacteriana, con independencia de lo que signifiquen. Hay palabras que viven asociadas entre sí, formando un próspero negocio lingüístico que se transmite de generación en generación sin que decaiga su uso, aunque sí su sentido. Pero a quién le importa el significado en un mundo en el que se hacen manifestaciones callejeras a favor de un jugador de fútbol o en el que a lo más que puedes aspirar es a ser reo o verdugo, lo mismo da, el programa Tómbola, financiado por los poderes públicos para contribuir a la educación del país. 
-¿De qué murió tu abuelo? 

-De una penosa enfermedad. 

-Te acompaño en el sentimiento.

  Acompañar en el sentimiento no compromete a nada, de hecho, si uno acompaña convenientemente en el sentimiento a los deudos puede ahorrarse acudir al entierro, o al funeral, que siempre es un engorro. O sea, que las frases hechas tienen su utilidad. En las necrológicas de la prensa diaria todos los días aparece alguien que ha fallecido de una penosa enfermedad, lo que ahora mucho espacio. Si hubiera muerto de un proceso infeccioso en el conducto colédoco, que se tradujo en una alteración del torrente sanguíneo, afectado por la invasión de materiales sépticos pongamos por caso, la necrológica se haría larguísima y saldría por un ojo de la cara. Lo de penosa enfermedad está muy bien, porque liquida el asunto en dos palabras, nunca mejor dicho, y provoca en el lector un movimiento de piedad por el recién fallecido.

  

Pasa lo mismo con la frase "Falleció el día tal recibido los Santos Sacramentos y la Bendición de su Santidad". Todo el mundo sabe que no significa nada, porque es prácticamente imposible administrar los Santos Sacramentos y la Bendición de su santidad a todos los que palman, pero adorna la esquela. No hay nada más triste que una esquela sin muebles. No sé si se han fijado ustedes en las de los laicos: sin cruz ni Santos Sacramentos, ni bendición papal, ni nada. Quedan como un salón sin sofá. Es cierto que la frase citada parece de skay, pero eso precisamente la hace más cutre y en consecuencia más familiar también. Yo soy bastante agnóstico pero me desagradaría mucho que mi esquela quedara tan desangelada como la de los comunistas militantes, en los que no hay cuñadas ni hijos políticos que pidan una oración por tu alma.     
    Prefiero un disparate al vacío. Por ejemplo: "Falleció tras un largo proceso de ensañamiento terapéutico". Me gusta mucho esta expresión nueva: ensañamiento terapéutico, que comparada con la de los Santos Sacramentos parece un sofá de piel. Así que no hay más que hablar: que me la pongan, aunque no se ensañen. ¿Qué le debo?
                                                             Juan José Millás, Frases hechas. 



   Este texto fue galardonado con el premio "Don Quijote"de periodismo el 13 de abril de 2010, casi un año después de su publicación. El artículo, además de sugerente, imaginativo, magnífico, irreal y surrealista, todo un articuento como bautiza sus escritos de prensa. No tiene desperdicio. 
UN ADVERBIO SE LE OCURRE A CUALQUIERA
   Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.

  Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le regalaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…

  El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.
  La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.
  De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.
Juan José Millás
(Artículo publicado en la revista española Interviu, el 4 de mayo del 2009 )

UNA COLUMNA ROJA

¿Qué pasaría si sólo pudiésemos entender las palabras tras su sacrificio, su muerte o su suicidio?



   Escribir como si las palabras estuvieran crudas, no verdes, crudas. Como si les acabáramos de cortar el pescuezo y, tras dejar que se desangraran sobre la palangana, las hubiéramos despiezado antes de hervirlas. Sanguinolentas, bárbaras, categóricas, como el hígado envuelto en el papel de estraza. Qué crudeza —dirían los lectores—, y no lo entenderíamos en el sentido figurado, sino al pie de la letra. Desventradas, las palabras colgarían de la página como los pollos y los conejos a la venta. Escribir con términos crudos un catón en el que los niños miraran las palabras con la extrañeza con la que miran los corderos, decapitados, yertos, en el escaparate de la carnicería, de la mano de sus padres.
   Que para usar las palabras hubiera que cazarlas. Olfatear su rastro, dejarse llevar y abatirlas a tiros. Esas serían las mejores, pero aceptaríamos también las palabras de criadero: su significado sería idéntico al de las salvajes. El sentido les vendría del hecho de estar muertas, frescas pero muertas, como el marisco en el mostrador. Significa que solo las entenderíamos tras su sacrificio, un poco como nos ocurre con las personas, que mientras están vivas parecen meros tópicos, lugares comunes, solo cuando desaparecen se nos revela la función sintáctica que cumplían en nuestra existencia. Sobre todo si se mueren sin decir adiós. O suicidadas.

Suicidadas. ¿Qué tal sería trabajar con palabras que se acabaran de cortar las venas? Al prestigio de estar muertas añadirían el de haber dicho basta, basta. Imaginemos una columna escrita con palabras que se acabaran de volar los sesos. Una columna encolerizada, una columna roja, una columna fría palabra a palabra porque cada una de ellas acabara de quitarse la vida, de hacerse el harakiri y tuvieran aún las vísceras al descubierto. Y yo, poeta carroñero, me las comiera.

BIOGRAFÍA


   Nació en Valencia en 1946, pero se trasladó a Madrid con su familia en 1952. Fue alumno del colegio Claret y realizó sus estudios preuniversitarios en el instituto Ramiro de Maeztu. A finales de la década de los 60 empezó la carrera de Filosofía y Letras, en la rama de Filosofía Pura, pero los abandonó en el tercer curso. Ha trabajado como marionetista, profesor, interino de la Caja Postal de Ahorros y en el gabinete de prensa de Iberia.


   En 1974 publica su primera novela, "Cerbero son las sombras", que le permite ganar el Premio Sésamo.

  Influido por Dostoyevski y Kafka en sus inicios, su obra está poblada de personajes corrientes que de repente se ven inmersos en situaciones extraordinarias, que muchas veces lindan con lo fantástico : desapariciones, mundos paralelos, terribles angustias que pueden desembocar en la locura, la depresión, el crimen, la muerte.

  Al principio de los años 90 comenzó su labor periodística en "El País" y en más medios de comunicación. Hoy en día es difícil poner en primer término a una de sus dos facetas como periodista o escritor, ya que por ambas actividades es una de las plumas más queridas y admiradas de nuestro tiempo por los lectores españoles y extranjeros.

  Juan José Millás es el creador de los «articuentos» , escritos a medio camino entre el cuento y el artículo de prensa, que tratan de temas de sociedad, de situaciones, de reflexiones o de problemas provocados por los comportamientos humanos. Toda la obra narrativa de Millás, con sus artículos a la cabeza, es un ejemplo perfecto de literatura crítica. El nombre de articuentos pretende subrayar su peculiaridad principal: se trata de artículos de opinión porque aparecen como tales en la prensa, no en balde se ocupan de lo que ocurre en España y en el mundo. Pero, por sus características, están más cerca de los textos de ficción, de la fábula o del microrrelato fantástico. Su objetivo es siempre mostrar el revés de la trama, lo verdadero y lo falso. El pensamiento, presentado a través del humor, la paradoja o la ironía, acaba por engullir la noticia, de modo que en su destilación final sólo queda una lúcida visión crítica de la realidad. A través de estos articuentos, Millás nos muestra una obra en permanente búsqueda de las formas más sutiles para articular lo real con lo irreal, empeñada en representar la realidad con la máxima eficacia posible, desvelando sus ocultos mecanismos y proporcionándoles un sentido del que carecían.

 Sus obras han sido traducidas a quince idiomas, entre ellos, inglés, francés, alemán, portugués, italiano, sueco, danés, noruego y holandés.




BIBLIOGRAFÍA

Cuentos de adúlteros desorientados (2003, Lumen) 
Dos mujeres en Praga (2002, Espasa)
Números pares, impares e idiotas (2001, Alba)
Articuentos (2001, Alba)
No mires debajo de la cama (1999, Alfaguara)
La viuda incompetente y otros cuentos (1998, Plaza y Janés)
El orden alfabético (1998, Alfaguara)
Tres novelas cortas (1998, Alfaguara)
Cuentos a la intemperie (1997, Acento Editorial)
Trilogía de la soledad (1996, Alfaguara)


Algo que te concierne (1995, El País Aguilar)

Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995, Alfaguara)
Ella imagina (1994, Alfaguara)
Volver a casa (1990, Alfaguara)
La soledad era esto (1990, Destino)
Primavera de luto (1989, Destino)
El desorden de tu nombre (1986, Alfaguara)


Letra muerta (1983, Alfaguara)

Papel mojado (1983, Alfaguara)


El jardín vacío (1981, Alfaguara)

Visión del ahogado (1977, Alfaguara)
Cerbero son las sombras (1975, Alfaguara)




PREMIOS

Sésamo de novela (1975, Cerbero son las sombras)
Nadal (1990, La soledad era esto)
Acebo de honor (1993, Ediciones Azucel)
Teatro de Rojas (1994, Ella imagina)
Continente de periodismo (1998, artículo En el vientre de la ballena)
XII Tiflos de periodismo (1998, reportaje Ciego por un día)
Premio de la crítica de la Asociación de escritores y críticos de Valencia (1999, El orden alfabético)
Mariano de Cavia de periodismo (1999)
de Lectura Sánchez-Ruipérez (2000) 
Premio Planeta 2007



ENLACES
Entrevistas
http://www.terra.com.ar/canales/libros/60/60482.html
www.revistafusion.com/1999/julio/entrev70.htm
Estudios sobre su obra
http://www.uni-leipzig.de/~iafsl/clga_allg/links_millas.html


Pincha en el siguiente enlace si quieres leer la reseña que se realizó en este blog sobre su obra El mundo: VIII TERTULIA LITERARIA: "EL MUNDO" DE JUAN JOSÉ ...


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