jueves, 10 de agosto de 2017

BREVE ANTOLOGÍA DE LA POESÍA POSTERIOR A LA GUERRA CIVIL

MIGUEL HERNÁNDEZ


¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras

y de fraguas coléricas y herreras

donde el metal más fresco se marchita?


¿No cesará esta terca estalactita 
de cultivar sus duras cabelleras 
como espadas y rígidas hogueras 
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia 

y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia

de sus lluviosos rayos destructores.

Umbrío por la pena, casi bruno, 
porque la pena tizna cuando estalla, 
donde yo no me hallo no se halla
 hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla, 

siempre a su dueño fiel, pero importuno. 


Cardos y penas llevo por corona, 

cardos y penas siembran sus leopardos 
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona 
rodeada de penas y cardos: 
¡cuánto penar para morirse uno!

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado 

por un hierro infernal en el costado

y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado, 

como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo, 
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada, 

como el toro burlado, como el toro.



De El rayo que no cesa.



(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,

con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano 
de la tierra que ocupas y estercolas, 
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos, 

a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado, 

que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida, 
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo 

voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo, 
temprano madrugó la madrugada, 
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada, 
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.


En mis manos levanto una tormenta 
de piedras, rayos y hachas estridentes, 
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte 
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.


Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
 pajareará tu alma colmenera.

De angelicales ceras y labores. 
Volverás al arrullo de las rejas 
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas 
y tu sangre se irá a cada lado, 
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas, 

mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas, 

compañero del alma, compañero.



                                                       Elegía a Ramón Sijé



Carne de yugo, ha nacido 
más humillado que bello, 

con el cuello perseguido 

por el yugo para el cuello.


Nace, como la herramienta, 
a los golpes destinado, 

de una tierra descontenta 

y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo 
de vacas, trae a la vida 

un alma color de olivo 

vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza 
a morir de punta a punta 

levantando la corteza 

de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente 
la vida como una guerra 

y a dar fatigosamente 

en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe, 
y ya sabe que el sudor 

es una corona grave 

de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja 
masculinamente serio, 

se unge de lluvia y se alhaja 

de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte, 
y a fuerza de sol, bruñido, 

con una ambición de muerte 

despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es 
más raíz, menos criatura, 

que escucha bajo sus pies 

la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde 
en la tierra lentamente 

para que la tierra inunde 

de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento 
como una grandiosa espina, 

y su vivir ceniciento 

resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos, 
y devorar un mendrugo, 

y declarar con los ojos 

que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho, 
y su vida en la garganta, 

y sufro viendo el barbecho 

tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo 
menor que un grano de avena? 

¿De dónde saldrá el martillo 

verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón 
de los hombres jornaleros, 

que antes de ser hombres son 

y han sido niños yunteros. 

El niño yuntero

 Viento del pueblo (1936­-39)


La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:

escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla:

hielo negro y escarcha

grande y redonda.


En la cuna del hambre
mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba.

Pero tu sangre

escarchaba de azúcar,

cebolla y hambre.


Una mujer morena,
resuelta en luna,

se derrama hilo a hilo

sobre la cuna.

Ríete, niño,

que te tragas la luna

cuando es preciso.


Alondra de mi casa,
ríete mucho.

Es tu risa en los ojos

la luz del mundo.

Ríete tanto

que en el alma, al oírte,

bata el espacio.


Tu risa me hace libre,
me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

Boca que vuela,

corazón que en tus labios

relampaguea.


Es tu risa la espada
más victoriosa.

Vencedor de las flores

y las alondras.

Rival del sol,

porvenir de mis huesos

y de mi amor.


La carne aleteante,
súbito el párpado,

y el niño como nunca

coloreado.

¡Cuánto jilguero

se remonta, aletea,

desde tu cuerpo!


Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.

Triste llevo la boca.

Ríete siempre.

Siempre en la cuna,

defendiendo la risa

pluma por pluma.


Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,

que tu carne parece

cielo cernido.

¡Si yo pudiera

remontarme al origen

de tu carrera!


Al octavo mes ríes
con cinco azahares.

Con cinco diminutas

ferocidades.

Con cinco dientes

como cinco jazmines

adolescentes.


Frontera de los besos
serán mañana,

cuando en la dentadura

sientas un arma.

Sientas un fuego

correr dientes abajo

buscando el centro.


Vuela niño en la doble
luna del pecho.

Él, triste de cebolla.

Tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa

ni lo que ocurre.



Nanas de la cebolla 

Cancionero y romancero de ausencias

Llegó con tres heridas

Llegó con tres heridas: la del amor,
la de la muerte,

la de la vida.


Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,

la de la muerte.

Con tres heridas yo: la de la vida,
la de la muerte,

la del amor.




BLAS DE OTERO


De Ángel fieramente humano.

Hombre

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte, 
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte.


Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte 
despierto. Y, noche a noche, no sé cuando 
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
 solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas. 
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas. 
Ser ­y no ser­ eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!



Lo eterno

Un mundo como un árbol desgajado.
 Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar sus ruinas.

Rompe el mar
 en el mar, como un himen inmenso, 
mecen los árboles el silencio verde,
las estrellas crepitan, yo las oigo.

Sólo el hombre está solo. Es que se sabe 
vivo y mortal. Es que se siente huir
ese río del tiempo hacia la muerte-­.

Es que quiere quedar. Seguir siguiendo, 
subir, a contra muerte, hasta lo eterno.
 Le da miedo mirar. Cierra los ojos
para dormir el sueño de los vivos.


Pero la muerte, desde dentro, ve. 
Pero la muerte, desde dentro, vela. 
Pero la muerte, desde dentro, mata.

...El mar –la mar­, como un himen inmenso, 
los árboles moviendo el verde aire,
la nieve en llamas de la luz en vilo...


De Redoble de conciencia (1951)

Digo vivir

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo. 
(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.) 
Digo vivir, vivir como si nada
hubiese de quedar de lo que escribo.


Porque escribir es viento fugitivo, 
y publicar, columna arrinconada.
 Digo vivir, vivir a pulso; airada-
 mente morir, citar desde el estribo.

Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro, 
abominando cuanto he escrito:escombro 
del hombre aquel que fui cuando callaba.

Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra 
más inmortal:aquella fiesta brava
del vivir y el morir. Lo demás sobra.


De Pido la paz y la palabra (1955)

En el principio

Si he perdido la vida, el tiempo, todo 
lo que tiré, como un anillo, al agua,
 si he perdido la voz en la maleza, 
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo 
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio, 
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro 
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos, 
me queda la palabra.


GABRIEL CELAYA


De Cantos íberos (1955)

La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado, 
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,

se dicen las verdades:

las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.


Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos,
 asfixiados,

piden ser, piden ritmo,

piden ley para aquello que sienten excesivo.


Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,

como mágica evidencia, lo real se nos 
convierte

en lo idéntico a sí mismo.


Poesía para el pobre, poesía necesaria 
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por
 minuto,

para ser y en tanto somos dar un sí que
 glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si 
nos dejan
decir que somos quien somos,

nuestros cantares no pueden ser sin pecado 
un adorno.

Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y 
evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido
 hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos 
sufren
y canto respirando.

Canto, y canto, y cantando más allá de mis 
penas

personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
 y calculo por eso con técnica qué puedo. 
Me siento un ingeniero del verso y un obrero 
que trabaja con otros a España en sus 
aceros.

Tal es mi poesía: poesía­-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
 Tal es, arma cargada de futuro expansivo 
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto. No es un fruto 
perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
 y es el canto que espacia cuanto dentro 
llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo 
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene
 nombre.

Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

De De claro en claro (1956)

Sé que el amor existe

Abres los ojos. Silencias. Es la noche
 complicada de estrellas y conjuras mentales. 
Cierras los ojos. Sonríes. Es el canto;
El día que transcurre por los labios indecisos. 
Me matas. Es la vida.

Te mueres. Es un ala.

Cualquier palabra sirve para nombrar el prodigio.


En los magnéticos campos, vas y vienes sin
 moverte,
vienes y vas alternante, dando así a la luz los 
misterios.
Abres los brazos. Me entrego.
Cierras el fruto. Lo muerdo.

Abres la música y vuelan entre palmas mis
 latidos.

O te cierras, y son sierpes

en la aurora inacabable de las metamorfosis.


Abres. Cierras. Apretado
el fruto es comestible, y erótico, y violento, 
y horrendamente arcaico. Y sagrado, por 
arcaico.

Cierras. Abres. Te declaro, por alegrías 
variando,

con voz pública y escándalo.

Sé que nadie nos perdona. Que desafío, si canto.

Que la dicha es un pecado.


Vivir hacia delante mientras la vida crece,
no pensar que te acechan, hipnóticos, los iris 
de los céntricos ojos de la muerte,

creer que por feliz, limpio, alígero, indemne,
transcurres inocente,

es ignorar que nunca se perdona al dichoso, 
que amar es siempre dolo.

¡Cómo brillan en la mina los tesoros,
 las áureas tormentas
contenidas en un grano de ira y oro! 
¡Cómo acaban

en cabezas de muerto los espigados gozos
 y las fúlgidas sumas del maquinal insomnio! 
¡Cómo somos uno en otro, sin razón,
 corazonados!

No se debe (tiemblas, abres),
no se puede (cierras, dueles),

no se quiere luchar, sólo se quiere 
conservar ese cuerpo felizmente evidente, 
esos ojos, esos labios, esos brazos 
secretamente envolventes,

sintiendo mansamente que allí acaba la 
muerte.


Puestos los guantes de llamas
se tocan limpiamente los turbios sentimientos. 
Puesta en sí la mirada,

Se ve sólo el amor; La vida clara;

Otros ojos reales; un orden de distancias.

Y no se pide más.

Se piden simplemente las materiales magias.


Nada más (¿será mucho?),

nada menos que vivir lo total en el momento 
como todos podemos vivir, como besamos, 
como amamos y erramos luminosos,

como yo, por ti, contigo, puedo y hago,

pese al mundo que nos burla y nos desgarra,
pese a todos los que llaman cinismo a mi
 inocencia.

Abres los ojos. Te miro sin acabar de
 encontrarte.
Cierras los ojos. Te envuelvo, muriéndome por 
dentro.

Pones la noche. Te pienso.

Pones el día. Te espero.

Y en esta vida me cumplo, madurando con lo 
triste.

Y aunque todo parece mentira, yo te creo.

Sé que el amor existe.



JOSÉ HIERRO



 De Tierra sin nosotros (1947)
Canción de cuna para dormir a un preso


La gaviota sobre el pinar.
(La mar resuena.)

Se acerca el sueño. Dormirás, 
soñarás, aunque no lo quieras. 
La gaviota sobre el pinar 
goteado todo de estrellas.


Duerme. Ya tienes en tus manos 
el azul de la noche inmensa.
No hay más que sombra. Arriba, luna. 
Peter Pan por las alamedas.

Sobre ciervos de lomo verde

la niña ciega.

Ya tú eres hombre, ya te duermes,

mi amigo, ea...


Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo 
sobre la luna, y la degüella.
La mar está cerca de ti,
muerde tus piernas.

No es verdad que tú seas hombre; 
eres un niño que no sueña.

No es verdad que tú hayas sufrido: s
on cuentos tristes que te cuentan. 
Duerme. La sombra toda es tuya, mi amigo, ea...


Eres un niño que está serio. 
Perdió la risa y no la encuentra. 
Será que habrá caído al mar,
la habrá comido una ballena. 
Duerme, mi amigo, que te acunen 
campanillas y panderetas,

flautas de caña de son vago 
amanecidas en la niebla.


No es verdad que te pese el alma. 
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios 
para volar por donde quieras,
para llegar al alba y ver
las aguas frías que despiertan,

las rocas grises, como el casco

que tú llevabas a la guerra.

La noche es amplia, duerme, amigo, 
mi amigo, ea...


La noche es bella, está desnuda,
 no tiene límites ni rejas.
No es verdad que tú hayas sufrido, 
son cuentos tristes que te cuentan. 
Tú eres un niño que está triste,
eres un niño que no sueña.
Y la gaviota está esperando 
para venir cuando te duermas. 
Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa. 
Duerme, mi amigo...
                                 Ya se duerme
mi amigo, ea...

De Alegría (1947)

Alegría interior

En mí la siento aunque se esconde. Moja 
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
 sobre el sombrío corazón deshoja.

A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.

Dicen que ha muerto, que de sus verdores
 el árbol de mi vida se despoja.


Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo, 
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.

Dirán que he muerto, y yo no muero.
¿Cómo podría ser así, decidme, dónde

podría ella reinar si yo muriera?

Respuesta

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.

Que tú me entendieras a mí sin palabras 
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
Ya se duerme
hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,

la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera a que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.

Criatura también de alegría quisiera que fueras,

criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.


Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndote débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola, la flor misma que vibra 
y se llena de azul bajo el claro nordeste,

aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,

aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,

qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?

Y ¿cómo saber si me entiendes?

¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?

¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?

¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,

poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

De Libro de las alucinaciones (1964)

Acelerando

Aquí, en este momento, termina todo,
se detiene la vida. Han florecido luces amarillas

a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa 
cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.

Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia 
en la noche, jadeando en la hierba, 
trayendo en hilos aroma de las nubes, 
poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.

Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro 
porque eran miles de kilómetros
los que nos separaban de las olas,

y lo peor, miles de días pasados y futuros nos separaban.

Descendían en la sombra las escaleras.
Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. 
«Ya es hora
-dije yo­, ya es hora de volver a tu casa.»

Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó
vestida de otro modo, con flores en el pelo. 
Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy.» 
Bajamos
las gradas del altar. El armonio sonaba.
Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.
 Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido
 tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso
Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.
«¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer...?», preguntábamos
al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía

con su poco de sombra con estrellas,

su agua de luces navegantes,

sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios
 una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.

Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme

lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,

y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor

gris que giraba en torno vertiginosa.
Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.
Los niños ­quiénes son, que hace un instante no estaban­, los niños aplaudieron, muertos de risa:
«Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije
con ira y pena. Silencio. Yo besé
la frente de ella, los ojos con arrugas
cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,

en qué lugar del universo se halla? «Has sido duro

con los niños.» Abrí la habitación de los pequeños,

volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.

Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon

los niños ­¿por qué digo los niños?­ con su amor,

con sus noches de estrellas, con sus mares azules,

con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar
bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella, dónde el mar... 
Qué ridículo todo: este momento detenido,
este disco que gira y gira en el silencio, consumida su música...



De Cuaderno de Nueva York (1998)

Vida

A Paula Romero

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo. 
Después de nada, o después de todo 
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
 Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!» 
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.


No queda nada de lo que fue nada. 
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada 
si más nada será, después de todo,
 después de tanto todo para nada.

A orillas del East River

I
En esta encrucijada,

flagelada por vientos de dos ríos

que despeinan la calle y la avenida, 
pisoteada su negrura por gaviotas de luz, 
descienden las palabras a mi mano,
 picotean los granos de rocío,

buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.


Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,

continuasen llorando

de pena, de felicidad, de desesperanza, 
al fin, todo es lo mismo­,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel
 blanquísimo,

en el papel deshabitado, que es el morir. 
Dejarían en él los ecos asordados, 
empañados,

de lo que tuvo vida.

Alguien advertiría la humedad de las lágrimas, 
lloraría por seres que jamás conoció,

que acaso no es posible que existieran 
aunque estuvieron vivos

en el recuerdo o en la imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos, 
los ­para mí ­difuminados
en la magia del tiempo.

Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno

rebotan las palabras aún sin forma,
 consagradas en el torbellino helado,

y no me hacen llorar.

Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!


II

Yo ya no lloro,

excepto por aquello que algún día

me hizo llorar:

los aviones que proclamaban

que todo había terminado;

la estación amarilla diluida en la noche

en la que coincidían, tan sólo unos instantes, 
el tren que partía hacia el norte

y el que partía hacia el oeste
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño».


Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo

lo que aún me queda por llorar.



ÁNGEL GONZÁLEZ


De Áspero mundo (1956)

Para que yo me llame Ángel González

Para que yo me llame Ángel González,
 para que mi ser pese sobre el suelo, 
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra, 
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes 
en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron 
con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.
 De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo 
naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto, 
lo que queda, podrido, entre los restos;
 esto que veis aquí,

tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento, 
que avanza por caminos que no llevan 
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
 fuerza del desaliento...


De Sin esperanza, con convencimiento (1961)

Discurso a los jóvenes

De vosotros,
los jóvenes,

espero

no menos cosas grandes que las que 
realizaron
vuestros antepasados. 
Os entrego
una herencia grandiosa: 
sostenedla.
Amparad ese río
 de sangre,
sujetad con segura 
mano
el tronco de caballos 
viejísimos,
pero aún poderosos,

que arrastran con pujanza
 el fardo de los siglos 
pasados.
Nosotros somos estos que aquí estamos
 reunidos,
y los demás no importan.

Tú, Piedra,
hijo de Pedro, nieto 
de Piedra
y biznieto de Pedro, 
esfuérzate
para ser siempre piedra mientras vivas, 
para ser Pedro Petrificado Piedra Blanca, 
para no tolerar el movimiento
para asfixiar en moldes apretados
todo lo que respira o que palpita. 
A ti,
mi leal amigo,

compañero de armas,
escudero,
sostén de nuestra gloria,

joven alférez de mis escuadrones

de arcángeles vestidos de aceituna, 
sé que no es necesario amonestarte: 
con seguir siendo fuego y hierro, 
basta.

Fuego para quemar lo que florece.
Hierro para aplastar lo que se alza. 
Y finalmente,
tú, dueño

del oro y de la tierra
poderoso impulsor de nuestra vida,
no nos faltes jamás.

Sé generoso

con aquellos a los que necesitas pero guarda,
 expulsa de tu reino,
mantenlos más allás de tus fronteras, 
déjalos que se mueran,
si es preciso,

a los que sueñan,
a los que no buscan
más que luz y verdad,

a los que deberían ser humildes

y a veces no lo son, así es la vida. 
Si alguno de vosotros

pensase

yo le diría: no pienses.

Pero no es necesario.

Seguid así,

hijos míos,
y yo os prometo
paz y patria feliz,
orden,
silencio.


De Tratado de urbanismo (1967)


Inventario de lugares propicios al amor.

Son pocos.

La primavera está muy prestigiada, pero 
es mejor el verano.

Y también esas grietas que el otoño 
forma al interceder con los domingos

en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos. 
El invierno elimina muchos sitios: 
quicios de puertas orientadas al norte, 
orillas de los ríos,
bancos públicos.

Los contrafuertes exteriores

de las viejas iglesias

dejan a veces huecos

utilizables aunque caiga nieve.

Pero desengañémonos: las bajas
 temperaturas y los vientos húmedos
 lo dificultan todo.

Las ordenanzas, además, proscriben 
la caricia ( con exenciones

para determinadas zonas epidérmicas
 sin interés alguno­

en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia» 
puede leerse en miles de miradas. 
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
 Queda quizá el recurso de andar solo, 
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.


De Palabra sobre palabra (1965)

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
de eso sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso­; entonces, 
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico, 
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero 
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,
yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas 
abandonado cuando ­luego­ callas...
 (Escucho tu silencio. Oigo

constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta).

JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO


De Salmos al viento (1958) 

No sirves para nada

Cuando yo era pequeño 
estaba siempre triste
y mi padre decía 
mirándome y moviendo la cabeza: hijo mío

no sirves para nada.

Después me fui a la 
escuela
con pan y con adioses 
pero me acompañaba la tristeza. El maestro 
graznó: pequeño niño 
no sirves para nada.

Vino luego la guerra
la muerte ­yo la vi­

y cuando hubo pasado
 y todos la olvidaron
yo triste seguí oyendo 
no sirves para nada.

Y cuando me pusieron
 los pantalones largos
 la tristeza en seguida 
mudó de pantalones. 
Mis amigos dijeron:
no sirves para nada.

De tristeza en tristeza
 caí por los peldaños 
de la vida. Y un día
la muchacha que amo 
me dijo –y era alegre-
 no sirves para nada.

Ahora vivo con ella
voy limpio y bien peinado. 
Tenemos una niña

a la que siempre digo 
- ­también con alegría-­

no sirves para nada.


De Palabras para Julia (1979) PALABRAS PARA JULIA


Tú no puedes volver atrás 
porque la vida ya te empuja 
como un aullido interminable. 
Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres 
que llorar ante el muro ciego. 
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido. 
Yo sé muy bien que te dirán
 que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado. 
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí 
pensando en ti como ahora pienso. 
La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares 
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer

así tomados, de uno en uno

son como polvo, no son nada. 
Pero yo cuando te hablo a ti 
cuando te escribo estas palabras 
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
 Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí pensando en ti
como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo. 
La vida es bella, tú verás

como a pesar de los pesares
 tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección

y este mundo tal como es

será todo tu patrimonio. 
Perdóname no sé decirte

nada más pero tú comprende

que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí 
pensando en ti como ahora pienso.



JAIME GIL DE BIEDMA


De Compañeros de viaje (1959)


Infancia y confesiones

Cuando yo era más joven
(bueno, en realidad, será mejor decir

muy joven)

algunos años antes

de conoceros y

recién llegado a la ciudad,

a menudo pensaba en la vida.

Mi familia

era bastante rica y yo estudiante.
Mi infancia eran recuerdos de una casa
con escuela y despensa y llave en el ropero, 
de cuando las familias
acomodadas,
como su nombre indica,
veraneaban infinitamente
en Villa Estefanía o en La Torre
del Mirador
y más allá continuaba el mundo

con senderos de grava y cenadores

rústicos, decorado de hortensias pomposas, 
todo ligeramente egoísta y caduco.

Yo nací (perdonadme)

en la edad de la pérgola y el tenis.

La vida, sin embargo, tenía extraños límites

y lo que es más extraño: una cierta tendencia 
retráctil.

Se contaban historias penosas,
inexplicables sucedidos
dónde no se sabía, caras tristes,
sótanos fríos como templos.
Algo sordo
perduraba a lo lejos
y era posible, lo decían en casa,
quedarse ciego de un escalofrío.
De mi pequeño reino afortunado
me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito.


De Moralidades (1966)

Pandémica y celeste

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche

hablemos hombre a hombre, finalmente. 
Imagínatelo,

en una de esas noches memorables

de rara comunión, con la botella

medio vacía, los ceniceros sucios,

y después de agotado el tema de la vida. 
Que te voy a enseñar un corazón,

un corazón infiel,

desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector ­mon semblable,­mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo a otros cuerpos

a ser posiblemente jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado

y que alegre mi cama al despertarse,

cercano como un pájaro.

¡Si yo no puedo desnudarme nunca,

si jamás he podido entrar en unos brazos

sin sentir ­aunque sea nada más que un momento­

igual deslumbramiento que a los veinte años !


Para saber de amor, para aprenderle, 
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
 con cuatrocientos cuerpos diferentes­ haber hecho el amor. 
Que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen.
Y por eso me alegro de haberme revolcado 
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos, 
mientras buscaba ese tendón del hombro.

Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...

Aquella carretera de montaña

y los bien empleados abrazos furtivos

y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo, 
pegados a la tapia, cegados por las luces.

O aquel atardecer cerca del río

desnudos y riéndonos, de yedra coronados.

O aquel portal en Roma ­en vía del Balbuino. 
Y recuerdos de caras y ciudades

apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
 y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.

Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche, 
definitivas noches en pensiones sórdidas, 
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!

La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,

de la langueur goûtée à ce mal d'être deux.
Sin despreciar

alegres como fiesta entre semana­

las experiencias de promiscuidad.


Aunque sepa que nada me valdrían
 trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
 Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.

Su juventud, la mía,
música de mi fondo­

sonríe aún en la imprecisa gracia

de cada cuerpo joven,

en cada encuentro anónimo,

iluminándolo. Dándole un alma.

Y no hay muslos hermosos

que no me hagan pensar en sus hermosos 
muslos

cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida 
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento, 
los años de experiencia
de nuestro amor.

Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,

verificar con mano melancólica

su perceptible paso por un cuerpo ­
mientras que basta un gesto familiar 
en los labios,

o la ligera palpitación de un miembro, 
para hacerme sentir la maravilla

de aquella gracia antigua,

fugaz como un reflejo.


Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos, 
quiero aplastar los labios invocando

la imagen de su cuerpo

y de todos los cuerpos que una vez amé 
aunque fuese un instante, deshechos por el 
tiempo.

Para pedir la fuerza de poder vivir

sin belleza, sin fuerza y sin deseo,

mientras seguimos juntos

hasta morir en paz, los dos,

como dicen que mueren los que han amado mucho.

De Poemas póstumos (1968)

Contra Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar 
de piso,
dejar atrás un sótano más negro

que mi reputación —y ya es decir—,

poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,

si vienes luego tú, pelmazo,

embarazoso huésped, memo vestido con mis 
trajes,

zángano de colemena, inútil, cacaseno,

con tus manos lavadas,

a comer en mi plato y a ensuciar la casa?


Te acompañan las barras de los bares
 últimos de la noche, los chulos, las floristas,
 las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla

cuando llegas, borracho,

y te paras a verte en el espejo

la cara destruida,

con ojos todavía violentos

que no quieres cerrar. Y si te increpo,

te ríes, me recuerdas el pasado

y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia. 
Que tu estilo casual y que tu desenfado
 resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento 
—seguro de gustar— es un resto penoso, 
un intento patético.

Mientras que tú me miras con tus ojos

de verdadero huérfano, y me lloras

y me prometes ya no hacerlo.


Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,

que tú eres fuerte cuando yo soy débil

y que eres débil cuando me enfurezco...

De tus regresos guardo una impresión 
confusa
de pánico, de pena y descontento,

y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
 de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable

de la excesiva intimidad.


A duras penas te llevaré a la cama, 
como quien va al infierno
para dormir contigo.

Muriendo a cada paso de impotencia, 
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso 
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
 Oh innoble servidumbre de amar seres 
humanos,

y la más innoble

que es amarse a sí mismo!



No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde 
 como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.


Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos 
 envejecer, morir, eran tan sólo 
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma: 
envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma

En el jardín, leyendo,

la sombra de la casa me oscurece las páginas 
y el frío repentino de final de agosto

hace que piense en ti.
El jardín y la casa cercana
donde pían los pájaros en las enredaderas, 
una tarde de agosto, cuando va a oscurecer 
y se tiene aún el libro en la mano,

eran, me acuerdo, símbolo tuyo de la muerte. 
Ojalá en el infierno

de tus últimos días te diera esta visión

un poco de dulzura, aunque no lo creo.


En paz al fin conmigo,
puedo ya recordarte

no en las horas horribles, sino aquí 
en el verano del año pasado, 
cuando agolpadamente

tantos meses borradas­

regresan las imágenes felices 
traídas por tu imagen de la muerte... 
Agosto en el jardín, a pleno día.


Vasos de vino blanco
dejados en la hierba, cerca de la piscina, 
calor bajo los árboles. Y voces

que gritan nombres.

Ángel,

Juan, María Rosa, Marcelino, Joaquina
- Joaquina de pechitos de manzana.

Tú volvías riendo del teléfono

anunciando más gente que venía:

te recuerdo correr,

la apagada explosión de tu cuerpo en el agua.

Y las noches también de libertad completa 
en la casa espaciosa, toda para nosotros 
lo mismo que un convento abandonado,
y la nostalgia de puertas secretas,
aquel correr por las habitaciones, 
buscar en los armarios
y divertirse en la alternancia

de desnudo y disfraz, desempolvando
 batines, botas altas y calzones, 
arbitrarias escenas,
viejos sueños eróticos de nuestra 
adolescencia,
muchacho solitario.

Te acuerdas de Carmina,
de la gorda Carmina subiendo la escalera
 con el culo en pompa
y llevando en la mano un candelabro?


Fue un verano feliz.
...El último verano
de nuestra juventud, dijiste a Juan

en Barcelona al regresar

nostálgicos,

y tenías razón. Luego vino el invierno, 
el infierno de meses

y meses de agonía

y la noche final de pastillas y alcohol
 y vómito en la alfombra.


Yo me salvé escribiendo
después de la muerte de Jaime Gil de Biedma.

De los dos, eras tú quien mejor escribía. 
Ahora sé hasta qué punto tuyos eran
el deseo de ensueño y la ironía,

la sordina romántica que late en los poemas
míos que yo prefiero, por ejemplo
 en Pandémica...

A veces me pregunto

cómo será sin ti mi poesía.


Aunque acaso fui yo quien te enseñó. 
Quien te enseñó a vengarte de mis sueños, 
por cobardía, corrompiéndolos. 











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