GANADORES DEL CONCURSO DE RELATOS 2015


  Con motivo de la celebración del Día del Libro del pasado 23 de abril se nombraron en las distintas modalidades los ganadores del concurso de relatos cortos. Éstos son: 

1) Modalidad A (1º/2º de la ESO): Samuel de la Prida González, “Una penícula de miedo”. 

2) Modalidad B (3º/4º de la ESO): Judit Sierra Almeida, “La vida de una pestaña”. 

3) Modalidad C (Bachilleratos): Desierto. 

4) Modalidad D (Adultos): María Lara Álvez, “Era inevitable”. 

  
  Enhorabuena a los ganadores y animamos a que sigan imaginándose historias que nos conmuevan.


UNA PENÍCULA DE MIEDO

                                                                                              
                                                                                                  A mi abuelo

   Era inevitable: aquellos recuerdos se agolparon en mi mente. La imagen del Paquito cuando entró en la taberna pegando gritos como una chiva nos amargó las risas mientras bebíamos el café de la mañana y nos disponíamos a leer el periódico. Sabíamos que el Paquito era el Paquito, pero la situación que vivía España en aquel momento podía deparar cualquier acontecimiento desagradable para el pueblo. Entró arrollando las sillas y antes de resbalarse empezó a gritar:

—Que llea er generá, señoes, que ya llea er generá.
—Pero, ¿qué dices Paquito?- le preguntamos.
—Er compañero der Franco, que está a las afueras – nos respondió tirado en el suelo.
—Pero, ¿ese quién es? ¿El de Badajoz?—preguntó Jacinto dubitativo.
—Sí, ese mismo, Juan Yagüe —, le dijo Antonio, el tabernero. 
—¡Me voy a la escuela! Les diré a los niños que hoy no hay colegio—, dijo don Julián, el maestro querido por todo el pueblo.
—Bueno, pero que no pasen por aquí, que forman más jaleo que los soldados— , dijo Isidoro, que había estado bebiendo y estaba un poco pintón.

Todos empezamos a reprochar a este último que, si la situación era muy seria, había que estar unidos, que se dejara de tonterías. Salí fuera un momento y vi que varias personas entraban en sus casas y cerraban a cal y canto con caras de preocupación y un miedo que no había visto jamás desde que vivía en el pueblo, cerca de 30 años. 

   En ese momento, empecé a recordar mi llegada al pueblo. Yo había nacido en Madrid, donde trabajaba mi padre en aquella época. Era profesor de historia, como don Julián. Mi madre amaba el pueblo (tenía allí a su familia), y mi padre, en cuanto pudo y ahorró lo suficiente, decidió volver al pueblo junto con ella, mi hermano y conmigo, que solo tenía 4 años. A mí me gustaba más el pueblo que la capital, sin que me importase de qué bandos eran unos u otros, que de todo había.  

   Repentinamente, los gritos del Paquito me despistaron. Le cogí de la camisa cuando iba corriendo y le dije:
—Paquito, cállate ya, que se ha enterado todo el pueblo. Que pareces que estás cantando el estribillo de una copla.
Samuel de la Prida González
—Perdone, don Manuel —, decía tartamudeando—, es que estoy mu nervioso.
—Tranquilízate. Vete a tu casa con tu padre y relájate.

  En ese instante, vi que toda la clientela de la taberna salía. Antonio iba a cerrar. Pero no era el único, algunos negocios más habían cerrado, aunque otros seguían abiertos tranquilamente. El pueblo era un tumulto de gente para un lado y otro. Unos se escondían, otros saltaban felices y, mientras, a menos de diez kilómetros de allí, venía el general Yagüe con cerca de mil soldados y artillería, de Badajoz, con ganas de fiesta, cosa que me confirmó su llegada al pueblo.
  Me encaminé a casa para comer y vi desde arriba de la calle que los soldados habían parado a descansar. Me extrañó mucho la pausa, ya que los republicanos de la localidad podían huir antes de su entrada. Pensé que vendrían refuerzos para intentar asaltar más ciudades en poco tiempo, pero me equivoqué. Tras comer, estuve toda la tarde hablando con mi familia de lo que podía suceder. Mi padre era republicano, aunque nunca lo había declarado en público, que yo supiera. Mi madre no era ni uno ni lo otro y mi hermano, contrariamente a mi padre, defendía al bando nacional. 
Pero mi hermano decía que solo pensaba así para que, llegado el momento, pudiese salvar su vida. Después de la conversación me fui a la habitación y no salí a cenar. Esa noche, muy intranquilo, no podía dormir y decidí pasearme por toda la casa pensando en mi padre. Estaba muy inquieto. Me asomé a la ventana del salón y escuché varios gritos. Mucha gente de la calle empezó a asomarse a los balcones de sus casas. La guardia empezó a subir a la Calle Mayor y todo el pueblo fue llevado a la Plaza de España. El alcalde atemorizado no sabía lo que pasaba y quiso hablar con el general, acompañado de su señora. 

—Bienvenido, general, ¿qué es lo qué pasa que han traído aquí a todo el municipio?
—¿Quién es usted?, ande, cállese y váyase – le reprochó.
—Oiga, un respeto, que soy el alcalde.
—Venga, póngase allí —, le dijo un soldado que ya estaba enfadándose.
—José, cállate y hazles caso —, le dijo Fernanda, la “Marquesita”, su mujer.
—Que no me da la gana, Fernandita. Un respeto.

De repente, afortunadamente, antes de que hubiera una tragedia, apareció Paquito preguntando que si ya había empezado la penícula. El cabo sacó la pistola y el general dijo:

—¿Y este tonto, quién es?
—Se llama Paquito—, dijo Ambrosio, que era la primera víctima de la fila. El cabo obligó a Ambrosio a callarse:
—¡Tú te callas!
El cabo le explicó al general quién era el Paquito y el papel que le tocaba.

  Esta imagen jamás se me borrará de la memoria. La mirada del general al subteniente y sanguinario Antonio Castejón fue implacable. Este cogió su fusil y disparó dos veces al tan afable e inocente Ambrosio, que cayó al suelo sin poder suplicar su último deseo, con un grito de dolor. Las mujeres empezaron a gritar, su mujer a llorar y varios hombres se arrodillaron ante él. Los soldados empezaron a pegar tiros al aire por orden del general que gritaba “¡Silencio, silencioooo!”. Yo pensaba: “Solo por hablar, matar a un pobre hombre… No sabéis hacer otra cosa, asesinos”. Solo se me venía a la cabeza esa ira contenida que tenía. Mientras, mi hermano, que se reía malévolamente (supuse que por la situación), consolaba a mi madre, que estaba despavorida e intentaba encontrar a mi padre, que no sabíamos dónde estaba en aquel jolgorio que los franquistas habían montado.  
   De pronto Yagüe hizo acercarse al Paquito. Casi todo el pueblo estaba persignándose, excepto el nuevo cura, Don Humberto, que más tarde se supo que estaba en su casa roncando como un mulo tranquilamente. Al parecer la Guardia Civil ya había hablado con él y le dijeron:
—Duerme tranquilo, que si oyes tiros, no es para ningún compadre tuyo.

    Y él se había quedado tan pancho, que ni siquiera se preocupó por el pueblo. Echábamos mucho de menos a Don Teodosiano, nuestro verdadero cura, que estaba de viaje por Italia en la Santa Sede, y no estaría de vuelta hasta el mes siguiente.
Rápidamente, casi un centenar de soldados se puso en fila, cargaron sus armas y esperaron órdenes. El general Yagüe empezó a hablar con su compañero, el subteniente, y, tras un rato de terror e incertidumbre en el que nadie se atrevía a hablar, el general se acercó al Paquito, que repetía: “¡Qué penícula más aburría!. 
  Mientras tanto, sin que nadie lo supiera, mi querido padre preparaba su trágico final. Mi madre lo había llamado varias veces antes de que los militares la obligaran a salir. No hubo respuesta, solo se sabía que no lo habían encontrado. Teníamos la esperanza de que se hubiese salvado. Después supimos que había salido de su escondite: una trampilla oculta de su despacho que llevaba a un pequeño compartimento donde tenía sus bienes más preciados, y que había cogido el revólver de su tío Nicolás, que no había utilizado jamás. Allí, se disparó en la cabeza poniendo fin a una vida que había sabido convertirla, como él decía, “en una vida de provecho”. 

  Entretanto, en la Plaza, el general había puesto a todos los hombres en fila e iba preguntando al Paquito, tras decirle varias cosas que nadie oyó. El Paquito dijo que sí en voz alta y el general se colocó delante del primero de la fila con tres soldados detrás. Le preguntó al Paquito:
—A ver, chaval, ¿este es rojo?
—Este… —, dijo mientras se lo pensaba, —no, este no.
—Muy bien, siguiente. ¿Y este? Tiene cara de ser un cerdo rojo, —dijo mientras el Humberto casi se arrodillaba ante él.

—Sí, se…, se…, señó, este es rojo. ¿Qué tal, Humberto? —dijo, dirigiéndose a él, —´tas mu triste, que no pasa na, que es una penícula. 

  Entonces comprendimos lo que le había dicho el general. Varios disparos acabaron con Humberto. El llanto, y hasta el desmayo de algunos, no interrumpió el festín de los Nacionales, que se partían de la risa. 
—Venga, a ver, este —, dijo el general, que se mantenía firme.
—Este, rojo.

  Otro muerto. En pocos instantes, las escaleras del ayuntamiento estaban completamente rojas, llenas de sangre y de cadáveres. La matanza continuó, más de un centenar había muerto. El Paquito, que no se enteraba de nada, creía que era todo mentira (“Una penícula”, le habían dicho, “una penícula de güenos y malos”), pero llegó el momento de la verdad. A mi hermano y a mí todavía no nos había tocado el turno, y ahora le tocaba al padre del Paquito. El general volvió a sus siniestras preguntas:


—¿Y este? Dime, tiene cara tonto.
—Este es…, este…, es…—, dijo con balbuceos el Paquito, antes de la mirada de terror de su padre. El rostro del Paquito se quebrantó. La penícula se ponía seria…, y el Paquito no respondía a la pregunta del general.
—A ver, tonto baba, te estoy diciendo si este es rojo o no. Responde.

  En ese momento, su corazón se hizo trizas y debió de darse cuenta de qué trataba la penícula. Su padre, Regino, seguía temblando sobre sus piernas. Por una vez, la inocencia y tontuna del Paquito habían desaparecido. Los supervivientes, que presenciamos la escena, vimos como el general Yagüe se acercaba al subteniente preguntándose qué ocurría. El silencio se expandía por todo el pueblo, excepto entre los soldados. 
El tiempo se paró. De repente, el Paquito empezó a hacer gestos raros, como si le hubiese dado un telele, y finalmente cayó al suelo como si lo hubieran fulminado. Lo que aprovechó el pueblo para revolucionarse.  El tonto hizo de tonto. El general Yagüe empezó a maldecir a todos y a pegar tiros sin ton ni son. Aprovechando la confusión, en que la poquísima gente que quedaba en sus casas salió también a la plaza, alborotada, todo el mundo empezó a correr hacia el pie de la colina, donde se encontraba el río, recubierto de un tupido bosque de alcornoques, pinos y encinas. La mayoría se escondió entre los arbustos, en huecos que dejaban en los árboles y algunos en las frías aguas del riachuelo, entre los juncos. Desgraciadamente, abatieron a algunos, que pusieron todo su coraje en intentar esconderse. 
   Justo cuando los soldados estaban empezando a perseguir a los últimos que bajaban por el camino, y el general estaba montando en su caballo, el subteniente, Antonio Castejón, anunció el alto sin orden del general Yagüe, pegando un grito. Pero no. Eran los soldados que venían de Salamanca al mando de Tella, otro general que quería llegar a Madrid para su asalto. Y los del pueblo salieron echando leches del bosque en cuanto el general Yagüe salió a recibirlos. 

   Mi hermano vio al Paquito desmayado, que estaba olvidado en la plaza y, por lo visto, no se acordaba de qué había pasado, pero, recobrado el sentido, en cuanto vio todo lleno de sangre, empezó a pegar alaridos y se escondió a saber dónde:
—La penícula ha terminao, ha terminao…

  Los generales, ya satisfechos de haber matado a algunos republicanos, formaron una pequeña guarnición y pusieron la bandera sublevada por la republicana, que fue quemada inmediatamente delante del ayuntamiento. En cuanto terminaron, decidieron ponerse rumbo a Madrid sin demora. Era necesario proseguir con la penícula en otras zonas.

   El Paquito, gracias al papel de actor principal, había salvado a mucha gente en apenas unos momentos. Varias horas después de haberse ido los Nacionales, todos se reunieron en el valle que había detrás del bosque. Nadie sabía dónde estaba el Paquito. Tras varios días, en los que nos estábamos ocultando de la guarnición del pueblo, los soldados debieron de aburrirse de buscarnos y se volvieron al municipio, diciendo que habíamos desaparecido o muerto, como efectivamente había ocurrido.
 Tras la muerte del Generalísimo decidí escribir esta historia, de lo que hicieron en nuestras tierras y de cómo nos salvamos en esta penícula de miedo. 

   Este relato está dedicado al Paquito, que nunca fue encontrado, pero al que jamás olvidaremos. Que el tonto hiciese de tonto fue la salvación de muchos.
  
   Para escribir este relato me he inspirado en la gran masacre que hubo en Extremadura a principios de la Guerra Civil Española, especialmente en la ciudad de Badajoz. Suelo leer artículos no sólo sobre esta guerra, sino también sobre la Segunda Guerra Mundial. 
   Sin duda, la persona que más me ha influido, han sido las tantas historias que me ha contado mi abuelo sobre la Guerra Civil y la Posguerra. Por ello, esta mención especial en mi relato. 

   

                      Samuel de la Prida González, alumno de 2º de la ESO B. 


 LA VIDA DE UNA PESTAÑA

    Era inevitable, aquellos recuerdos se agolparon en mi mente desde que la vi caer en el suelo de la ducha, dejándose llevar por la cálida corriente, que, a saber dónde la llevaría.
    Entonces me puse a pensar. Pensaba en su vida.
    Desde que caía, perdiendo el adonis que puede llegar a producir la mirada de un galán, o el inocente baile que le ofrece un bebé al nacer, así dejando de estar amarrada a un adefesio de colores. Azul, como el mar. Verde, como un agrio kiwi. Ámbar, como una de las habitaciones del Palacio de la Catalina. Marrón, como el adicto café.
   Tal vez, a veces se sienta venturosa de ser encontrada, porque al fin y al cabo, ese sería el comienzo idóneo de su primer viaje, y seguramente, no el último.
   Posiblemente, si no es encontrada, podría sufrir una caída libre hasta el suelo, pero jamás dolorosa; con su diminuto peso su descenso sería como el de una pluma. O quién sabe, si la encuentran, en cuestión de segundos la sostendrán entre los dedos, pedirán un deseo que, sabe Dios si se cumpla o no, pero dichosa es de contener la esperanza de ese alma que confió en ella.
Digamos que, de una manera u de otra, emprenda su camino.
Que una ráfaga de aire fresco la conduzca a algún lugar. Todo sería al azar.
Judit Sierra Almeida
   Puede haber acabado en un pastizal, de esos tan inmensos de Norteamérica, y nada más, y nada menos, que con vistas al cielo azul. Puede que haya navegado como el capitán Nemo; aquel que renunció a vivir en la sociedad, y que prefirió la mar. O, sin ser muy descabellados, en las calles de Pekín, en la que los comercios y las luces, no faltan ni en un solo rincón.
   Tampoco es que todo se centre en su inmensa aventura. En su pasado, ha sido testigo de emociones variadas. Como dije antes, hasta un baile inocente le puede ofrecer un retoño. Pero una persona triste, le puede dar baños sin cesar, y una enamorada, hacerle hasta saltar.
  Esas sensaciones a veces, pueden durar toda su vida, o solo un pequeño periodo de tiempo, pero oye, son experiencias que se guarda para si misma, y que solo ella ha vivido.
Aún así volvamos a sus cautivadores viajes. Esos sin destino. Esos que no van a ninguna parte. Sin una brújula que marque el norte o el sur. Puede caer en cualquier parte, y depender de un mísero dardo que es lanzado a una bola del mundo que gira y gira sin un descanso aparente.
  Me pregunto si existirá un final definitivo para ella. A lo mejor es una trotamundos de por vida, y nadie se percate de su presencia. Que sea tan libre que pase por las aduanas sin tener que someterse a esos pesados controles una y otra vez. Me llega a dar envidia, porque no se gasta ni un duro.
  Aunque, pensándolo bien, la carga que conlleva el ser portadora de un deseo que no sabe si se cumplirá, le afecte gravemente... o no le afecte nada y viva la vida al limite haciendo puenting desde el puente del río Kawarau.
  Y tras toda esta envidia que llego a sentir, me doy cuenta de lo que hablo.
  Hablo de una pestaña, joder. Y el lío que me he montado por encontrarla en la ducha. Debería de ir a tomarme una tila y descansar.
  Por supuesto, cerrando las pestañas.  


 Judit Sierra Almeida, alumna de 4º de la ESO A. 


   ERA INEVITABLE


    Era inevitable: aquellos recuerdos se agolparon en mi mente, pasaron ante mí, como si de una película se tratara, todos aquellos acontecimientos que cambiaron el rumbo de mi vida.
   Lo primero que pasó ante mis ojos con absoluta nitidez fue aquella carta que me reveló lo que mi obsesión por Marina me había impedido admitir.
    Ese día llegué a casa, como tantos otros, deseoso de volver a verla, pero en su lugar, un sobre encima de la mesa me anunció un mal presagio. Lo abrí temiendo lo peor y no me equivoqué. La congoja que atenazó mi garganta impidiéndome respirar, dio paso a un derrumbamiento moral que desembocó en un tropel de imágenes. 
     Me vi en mi pequeña ciudad viviendo mi adolescencia como la de tantos otros chicos: asistiendo a clases, haciendo deporte y saliendo de copas los fines de semanas. 
     Yo tenía muy claro que quería estudiar medicina como mi padre, no sólo por tradición, sobre todo por convicción.
     El fin de curso llegó y con él la despedida del instituto. Un grupo de chicos y chicas conseguimos reunir el dinero suficiente para pasar unos días en la Costa Azul francesa. 
María Lara Álvez
    Disfrutamos del viaje, de las playas, de la compañía de otro grupo de estudiantes que conocimos allí… El penúltimo día de nuestra estancia en Francia, me tendí al sol en una playa de Niza mientras mis amigos jugaban en el agua. Me fijé como un cuerpo escultural de piel dorada y andares elásticos, se acercada con un leve contoneo; me incorporé y vi que su melena rizada de un color rubio obscuro enmarcaba un rostro precioso de facciones nada vulgares, sus ojos escondidos tras unas elegantes gafas de sol no pude verlos pero sí su boca de labios sensuales y su pequeña nariz que le daba un aire peculiar. No puedo explicar la impresión que me causó esa chica, lo cierto es que me hice el propósito de volver a verla. Tenía que volver a verla, era como una necesidad. ¿Sería francesa? Qué más da su nacionalidad, -Pensé- ojalá me pueda entender con ella. 
   El destino quiso que no pasaran muchas horas. Fue aquella misma noche en la discoteca, un lugar de ensueño para unos chicos de provincia como nosotros. 
    ¡Cómo pude verla entre aquella barahúnda de gente joven!
    Ocupaba una mesa alejada de la zona de baile acompañada de un hombre mucho mayor que ella que, al parece, la increpaba con violencia. De pronto la joven se levantó dirigiéndose a la salida. Sin pensarlo dos veces hice lo mismo alcanzando la puerta antes que ella. La vi de frente con su preciosa cara inundada de lágrimas; aquellos ojos que no pude ver en la playa, ahora los tenía ante mí desbordados por la angustia.
   -¿Qué le ocurre, puedo ayudarla? –Le pregunté sin pensármelo dos veces-. Me miró, negó con la cabeza y echó a andar. Me entiende –pensé-. Yo llamé a un taxi y la invité a subir para llevarla a su casa. Dudó, de pronto escuchamos una voz imperativa llamando, -¡Marina! La voz, y sobre todo el tono, hicieron que se decidiera a refugiarse en el coche a toda prisa. ¿Dónde vamos? –Le pregunté mientras le ofrecía mi pañuelo.

   No puedo ir a mi casa, no quiero volver a ella. –Contestó en un perfecto castellano.
   -Dé la vuelta a la manzana. –Dije dirigiéndome al taxista en un rudimentario francés.
   -¿Eres española? –Pregunté a mi admirada Marina.
   -Soy asturiana, trabajo aquí. –Dijo mientras se limpiaba las lágrimas.
   -Yo también soy español he venido con un grupo de amigos en viaje de fin de curso, nos vamos pasado mañana.  –Vuelva otra vez a la discoteca. –Indiqué al taxista.
   Ella me miró extrañada mientras yo le aclaraba que el hombre que estaba con ella se había alejado en un coche. Vamos conocerás a mis amigos, yo me llamo Andrés.
    Todo fue sobre ruedas, le presenté a los componentes del grupo que la acogieron con naturalidad y, esas dos noches durmió con las chicas. Ella nos contó que su vida con ese hombre era una tortura, tan pronto la mimaba como lo invadían los celos y la humillaba, la torturaba sicológicamente; no la dejaba vivir.  Todos le aconsejamos, que no debería seguir con un tipo así, tenía que alejarse de él y ahora era la ocasión.
   -Vente a España, -le dije-, en  Madrid buscas un trabajo, no estarás sola, Paco, Diana y yo estudiaremos allí, seguiremos en contacto.
     Se vino a Madrid con el escaso dinero que pudo sacar del banco con su tarjeta, se instaló en un hotel económico hasta encontrar algo asequible. Consiguió trabajo como traductora en una editorial.
   ¡Cómo pude abandonar unos estudios para los que me había preparado tan concienzudamente! ¡Pues los abandoné! Conseguí un trabajo en una agencia y me fui a vivir con Marina que para entonces ya había alquilado un apartamento.
   Fue para mí el periodo más alucinante que haya  podido vivir persona alguna. Una mujer de cuerpo escultural y rostro precioso, con sonrisa, dulce y cálida a la vez, me pertenecía a mí, a un chico de pueblo unos años más joven que ella. 
   Yo no veía, no quería ver que su entrega era fingida, según ella misma le comentó a Diana. -“Lo veo tan enamorado que quisiera corresponder a su pasión de igual forma, créeme que lo intento, no sé si lo consigo”. –Decía.
  Mi vida, puedo decir, que se condensó en los dos años, cuatro meses y tres días que viví con Marina. Los años anteriores me parecían pertenecer a otra persona. En cambio desde que ella me dejó, soy como un autómata, por más que me animaron en su día, mis padres y mis antiguos compañeros de estudios, yo no quería ni oír hablar de terminar la carrera. ¿Para qué? Sin ella nada merece la pena, aquella carta me había hundido tanto que nada me hizo reaccionar. Aquel párrafo lo tenía marcado a fuego. 
“…He intentado amarte como tu mereces, pero hay algo que no depende de nosotros mismos ni de nuestra voluntad; llamémosle destino o de cualquier otra forma. Lo cierto es que no pude seguir negándome a la llamada del hombre con el que compartí unos años de mi vida  y por el que yo suspiraba cuando estaba en tus brazos…”
   ¿Por qué no me percaté de que su mente estaba junto a mí y su corazón con aquel que la maltrataba? O a lo mejor sí lo supe y no quería admitirlo.
Han pasado los años, estoy en el bar en el que suelo venir a comer, ha entrado una joven que, al dirigirse a mí, quedo petrificado con el bocado en la boca. Una chica tan parecida, casi un calco diría yo, a aquella Marina que no puedo olvidar.
 -¿Andrés Peñalba? –Pregunta dirigiéndose a mí.
 -Sí, soy yo. –contesto confuso.
 -¿Sabe quién soy? –Pregunta, percatándose del efecto que me causa su presencia.
   Ante mi silencio, la chica sonríe y continúa: -Sí, soy hija de Marina.
   Me da un salto el corazón y enseguida razono, (-Demasiado joven para que sea hija mía.) 
  -Mi madre me encargó que le buscara y le preguntara si la había perdonado, o si aún le guardaba rencor. Continúa la joven con naturalidad
-No, no le guardo rencor. Y en cuanto a perdonarla, yo no le tengo que perdonar nada. Ella siguió a su corazón. Si eso me hirió, nadie fue culpable.
 -Quiero  que sepa que sus últimas palabras fueron para usted.
  -“Sus últimas palabras…” -Repito.
   -Sí, mi madre murió hace unos meses. Yo he querido cumplir sus deseos de buscarle a usted y reiterarle su pesar por el daño que le hizo. 
  La emoción y el dolor me impiden hablar. Al fin consigo decir, -No era mayor para morir. Espero que haya sido muy feliz.
  -No, no lo fue. Vivió unos meses con el hombre que la apartó de usted el cual la abandonó cuando se cansó de hacerla sufrir. Vivió en soledad, amargada, sin encontrar sosiego ni  interés en nada ni en nadie. Al fin conoció a mi padre y estabilizó un poco su existencia. Tampoco fue feliz, pesaba más en ella el recuerdo de usted y el rencor hacia el que destrozó su vida. Cuando yo nací volcó en mí todo el caudal de amor que llevaba dentro. Fui su tabla de salvación, según decía.
  Un nudo en la garganta me impide hablar. Ella me acaricia las manos y sonriendo me dice: 
  
   -No se atormente: era inevitable.


  A María, la autora de este relato, nadie de su edad le gana en ilusiones. Me comenta por los pasillos del instituto que ella lee y escribe gracias a sus padres. Le hubiese gustado estudiar cuando era joven, pero circunstancias familiares no se lo permitieron. Eran otros tiempos. En este momento de su vida, no hay nada que más le guste que la materia de Lengua y, sobre todo, escribir.                               

María Lara Álvez, alumna de Escuela de Adultos. 


 A pesar de no haber ganado, la alumna Rocío Tosar de 3ª de la ESO B nos deleita con un relato emotivo sobre su abuelo. Lo incluyo aquí por haberse hecho una mención especial por parte del jurado. 


PARA TI, DE MÍ, PORQUE SÍ
      
   Era inevitable aquellos recuerdos se agolparon en mi mente: eran muchos, demasiados, no podía encuadrarlos, ordenarlos ni mucho menos explicar lo que sentía y pasaba dentro de mí. Por fuera sonreía, parecía alegre, simplemente para que nadie me preguntará, pero por dentro no podía, me sentía mal, agotada, sin ganas de nada.
  Llegué a casa, me metí en la habitación, me puse el pijama, deshice la cama y me eché sobre ella, me daba igual la hora que fuese, muy tarde o muy temprano, solo sabía que era imposible contener las lágrimas. No salí en varios días, no quería que nadie me molestase, no quería hablar con nadie, aunque pensándolo bien, me hubiera hecho mucha falta.
  De repente, noté como mi habitación se llenaba de luz, se iluminaba, después de varios días notaba el calor del sol. Sentí como alguien me acariciaba la espalda, no me quería girar para ver quién era, seguía con mi idea de estar sola, no hablar con nadie y llorar, aunque era imposible sacar lágrimas, no quedaban, no tenía fuerza. Aquella persona que me acariciaba la espalda, se sentó a mi lado en la cama y sus palabras me ayudaron mucho.
   ¿Sabes? A mí también me pasó lo mismo y no quería que nadie me molestase, que nadie estuviera conmigo, solo quería estar sola. Pero tú no me dejaste pasar por todo aquello sola, tú me viste llorar y lloraste conmigo, me secaste las lágrimas y me prometiste que todo iría bien, que estas cosas pasan, que la vida es así. Unos vienen y otros se van, aunque es injusto, pero ya sabes hay que ajustarse a la vida porque ésta no es justa. Y es más, ahora te digo otra cosa, por más que me digas “vete”, no me iré, me toca escucharte, consolarte, llorar contigo, secarte las lágrimas y sacarte esa sonrisa que tienes, la que iluminaba a todos. Porque en eso consiste la amistad, ¿no, amiga? Como nosotras decimos: “En las buenas, en las malas y en las peores.” Sabes que a él no le gustaría que estuvieses así.
  No hizo falta girarme para saber quién era, era ella mi amiga, bueno no, mi hermana, porque eso es lo que es para mí. Y la verdad es que tenía razón, fue la única que en realidad se dio cuenta de lo que me pasaba. La que preguntó por mí y vino sin que yo la llamase. Sus palabras me dieron fuerzas.
   Verlo en la cama sin poder moverse y medio dormido, a mí eso me dolía mucho, apenas me dejaban verlo, pero yo sabía que me tenía que despedir de él si no me quedaría esa espinita de no haberle dicho:“Te quiero”, por última vez. Sin que me vieran, me entré en la habitación, estaba dormido, no quería molestarlo, le agarré la mano, le di un beso en la mejilla y le dije: “Te quiero abuelo, gracias por todo, nunca podré agradecerte todo lo que has hecho por mí.” Noté como su mano me apretaba y su voz cansada decía: “Gracias a ti, mi niña, por darme vida, sé fuerte y crece sana, te quiero.” Esto me mató por dentro, me quedé fría, sin poder gesticular palabra, sentí como mis ojos se humedecían, y las lágrimas mojaban mis mejillas. Llamé a mi madre a toda prisa, “¡mamá, mamá, el abuelo, mamá! Nada se podía hacer por él.       
   Tardé en recuperarme como es normal, no es fácil perder a un abuelo, el que de pequeña me llevaba al colegio, me cogía en sus hombros, me llevaba a caballito, el que me vio caer, sus sermones, alguna que otra palmadita, que en esos momentos no te gustaban, pero ahora darías todo por que te la diera. Me llevaba con él siempre, a cada sitio que iba, y si no me avisaba me enrabietaba, lloraba y me enfadaba. Yo iba creciendo y él envejeciendo, pero no nos dábamos cuenta, nos lo pasábamos bien juntos, el mundo se resumía en él y en mí, nadie por medio. Yo lo hacía rabiar, porque me encantaba verlo enfadado, pegarme voces, perseguirme por la casa... porque lo mejor era que me cogiera y nos perdonáramos, volver a estar como siempre, juntos. Él me vio ganar y me enseñó a perder.                                                        
  Me costó mucho meterme en la cabeza que no lo volvería a ver, que iría a su casa y estaría vacía, en silencio, su sofá vacío y la tele apagada, que eso cuando él estaba no pasaba. Un cubierto menos en la mesa y una silla vacía en Navidad. ¿A quién enrabietaría ahora? ¿Con quién pelearía por el mando de la tele? ¿Con quién pasaría las tardes? ¿Quién me llevaría a descubrir sitios? Ya nada volverá a ser lo mismo, yo no sería la misma, me faltaría algo, alguien, me faltaría mi abuelo.
  Al fin salí de aquel pozo negro, ya más o menos todo parecía normal, me relacionaba como de costumbre con todo el mundo. Ya nadie me notaba rara, triste, todo lo contrario, pero yo por las noches seguía mojando la almohada con mis lágrimas. Aquellos recuerdos seguían en mi mente, su cara dibujada ahí, en mi cabeza, su sonrisa… mataría por un abrazo suyo en estos momentos. Porque él era quién me los daba cuando estaba mal. Cuando todo el mundo me preguntaba, y me insistía para que le dijese lo que me pasaba, él no, él era diferente, me cogía por los hombros y me echaba sobre su regazo, y decía que fuera lo que fuera no merecía estar mal. Él me decía que le daba igual la hora que fuese, que si a mí me pasaba algo, le llamase que él me ayudaría. ¿Y de quién más sabios y más verdaderos unos consejos? De él, de mi abuelo.

  Entonces noté como una brisa movía mi pelo, me di la vuelta y estaba allí, no podía ser, era imposible pero se hizo posible. Quería abrazarme a él y no soltarme, pero algo lo impedía, era una fuerza extraña, estiré mi mano, pero se alejaba de mí. Hasta volverse todo oscuro y no ver nada. “Rocío despierta, despierta”-decía mi madre. Todo había sido un sueño, por muy poco había podido darle ese abrazo que tanto deseaba. Pero el sueño se desvaneció. Me senté en la mesa era hora de desayunar y sin pensarlo le dije esto a mi madre: 
   “A veces creo que soy feliz. Cuando estoy con mis amigos tirando mi cabeza hacia atrás y tapándome la boca, mientras rio a carcajadas por una broma que alguien hizo. Pero entonces el día se vuelve noche y mi sonrisa despreocupada se convierte en una inexplicable tristeza, grabada en mi cara como un tatuaje. Y me acuesto pensando en todas las cosas que tengo miedo admitir, incluso sólo en mi mente. Es en noche como éstas cuando me doy cuenta de que soy varias cosas. Soy triste y soy feliz, extrovertida y tímida, rebelde y tranquila. Pero sobre todo me doy cuenta de que estoy vacía. Me falta él. Siento como su rostro se hace oscuro cuando lo recuerdo, que su cara no es tan nítida como antes. Creo que le estoy fallando.”  
   Mi madre quedó sorprendida con aquello qué le dije, no se lo esperaba, ella veía que en casa estaba muy seria, casi no hablaba y eso no era normal en mí, sabía que todo esto me superaba. Ella no sabía que más hacer para ayudarme. Había intentado hacer de todo, pero no daba resultado. Le preocupaba mucho mi peso, lo cuál había bajado mucho después de todo lo ocurrido, no comía apenas y entrenaba toda la semana como mínimo dos horas, porque iba a dos deportes. Me esforzaba al máximo para poder olvidar las cosas, era una forma de escape. Me iba a andar con una amiga ya que teníamos un perro cada una e íbamos a pasearlos, ella me decía que estaba más delgada, yo hasta me molestaba que me lo dijera, porque tener a alguien que me lo diga en casa y otra fuera me agobiaba más aún, ya sabía que había adelgazado pero es que no podía hacer otra cosa, tengo muchas cosas en la cabeza y a veces me impiden comer, no tengo apetito, ¿tan malo es? No lo comprendo. ¿A nadie le ha pasado lo que a mí? La verdad yo intento comer y tener a mi familia contentos y a todos los que me rodean pero no puedo, en serio. Es algo inexplicable, solo los que han pasado por esto lo saben, y es demasiado difícil superarlo. 

          Y es que la verdad, es una pena que ellos te vean crecer y tú los veas envejecer.


  Rocío Tosar, alumna de 3º de la ESO B. 


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