sábado, 9 de junio de 2012

MAGISTER DIXIT: LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO, MARIO VARGAS LLOSA




        Es ésta la última obra del prolífico Vargas Llosa (Alfaguara, Madrid, 2012), esta vez un ensayo que se dirige al centro de la cultura occidental y al centro de los problemas de las ideas en nuestra civilización. En definitiva una obra, profunda, excelsa y excelente que se pregunta sobre la posibilidad de un fin de la cultura, lo que tiene mucho que ver con un fin de nuestra civilización, y a la que da una respuesta negativa. Hay como una especie de pesimismo y nostalgia en la obra de Vargas Llosa. Comparto ese pesimismo y esa nostalgia. En el fondo hay, aunque no aparezca, una crítica a la idea de progreso. Y eso al autor, aunque parece que no es consciente de ello, le debe afectar bastante siendo un liberal indomable que ha excedido en mucho, así pienso yo, las tesis de su maestro Popper o Hayek. Pero, en fin, esto son los problemas que trae el adherirse a creencias que son infundadas como lo es el neoliberalismo y el mito del progreso. No es mi intención aquí hacer un resumen de la obra de Vargas Llosa, lo que recomiendo encarecidamente es su lectura, así como el debate que se ha generado en los medios de comunicación, tremendamente enriquecedor. Sino que lo que yo voy a hacer serán una serie de reflexiones al hilo de las ideas del autor que comparto en gran medida.

        No sólo la cultura, la alta cultura a la que se refiere el autor, se ha convertido en un espectáculo, con lo que ha perdido valor y se ha trivializado, sino que es la propia civilización. Pero, curiosamente el mal procede de las ideas que durante tanto tiempo ha defendido Vargas Llosa. Por otro lado, hay que tener en cuenta que todo empieza y todo acaba. La cultura occidental, nuestra civilización tuvo sus orígenes en Grecia, y después de unos siglos de ocultamiento tiene su renacimiento y su culminación en la Ilustración. Pues bien, precisamente esta Ilustración, o más bien, lo que llamo la perversión de la Ilustración, que es cuando ésta endiosa a la razón y la convierte en absoluta e incuestionable, es la causa del propio declive de Occidente y de su más alta cultura así como de los productos éticos y políticos que de ella han emergido.

        El desarrollo de las democracias liberales, después de la Segunda Guerra Mundial, convertidas en neoliberales, después de la crisis de los setenta nos ha llevado al triunfo del mercado sobre todo lo demás. Y es la ley del mercado la que lo rige todo. Y al triunfar el mercado nos quedamos sin política ni ética. Todo está sujeto a un valor de cambio. Y lo que se ha llamado la cultura o la alta cultura va progresivamente desapareciendo porque carece de valor en el mercado. Pero al neoliberalismo hay que asociarle una ideología, una falsa filosofía que es la que nos permite vivir en este mundo esquizoide y maligno en el que estamos sometidos al triunfo de la tecnobarbarie, me refiero al posmodernismo. El posmodernismo es una filosofía maligna que justifica el mal, como ha ocurrido con muchas otras. Entendemos aquí filosofía como visión del mundo y de las relaciones del hombre con éste y con los demás, sin ninguna pretensión academicista. Pues bien, el posmodernismo niega la existencia de valores objetivos. Confunde lo objetivo con lo absoluto. Es una conquista de la Ilustración y de una sana filosofía acabar con las verdades absolutas, pero confundir lo absoluto con lo objetivo es dar el paso al relativismo, al todo vale, y con él al nihilismo. Y esa ideología es la que le conviene al mercado, porque no exige nada al ciudadano, todo lo contrario, el ciudadano mientras menos saber tenga, mejor, y mientras más se crea que sabe, pues mejor y mientras más crea que vivir en democracia y tener libertad de expresión es poder decir lo que se quiera sobre cualquier cosa independientemente de mi saber, sino porque yo quiero o me interesa, pues mejor para el poder del mercado. Y esto es así, porque de esta manera lo que tendremos serán ciudadanos sumisos, agradecidos y egocéntricos. Por otro lado, las sociedades hiperdesarrolladas han producido un nivel tal de consumo que se confunde la naturaleza humana con el propio consumo y el hombre se diluye en él. Confunde felicidad y realización personal con consumo. Mientras que, por otro lado, ese consumo lo vuelve sobre sí mismo, egocéntrico hedonista, y lo hace olvidarse del otro, del que sufre, del que pasa hambre, de los problemas de la humanidad y de nuestro caos civilizatorio. Por eso la cultura, siguiendo a nuestro autor, se ha convertido en un espectáculo, la cultura ya no tiene sentido si no es desde el punto de vista del espectáculo. Y, claro, el nivel de formación de los ciudadanos es mínimo, cada vez menor. Se les forma alienantemente para convertirlos en instrumentos de producción. El objetivo de la formación no es el convertirse en ciudadanos, ni alcanzar la cultura superior, no conquistar los cimientos de la ciencia, ni conocer la herencia de nuestro pasado que nos ha permitido conquistar la ciencia, la técnica, la filosofía, el derecho, no. Nada de esto. El objetivo de la educación es la adaptabilidad del sujeto a la sociedad en la que vivimos. Es decir, nada de transformación. Ahora bien, con el bagaje educativo que pueden llevar los alumnos poca capacidad de crítica y transformación pueden tener. Son devorados por el sistema. Su ignorancia de lo que son, de dónde vienen y de dónde pueden llegar a ir es supina. Y ya se ha encargado de ello el sistema educativo. Cómo van a poder valorar la cultura. Imposible. La cultura se hace plana, superficial y homogénea, como los grandes almacenes. Triunfa lo fácil, lo que está a la vista. Pero esto es una pescadilla que se muerde la cola, si el sistema de enseñanza produce ciudadanos aborregados interesados en adaptarse al mundo que se les ofrece, por un lado, y si la cultura está fuera de su alcance, porque ni siquiera saben que existe, viven como en un eterno presente paradisíaco semiinconsciente, cómo van a tomar conciencia de que este mundo, esta cultura, esta civilización se va al traste con sus grandes conquistas, sin ocultar sus grandes perversiones, precisamente una de ellas es la que comentamos y en la que, equivocadamente ha participado Vargas Llosa. Nuestro autor ha sido un gran defensor de la libertad, la libertad como el máximo valor, ahí coincido con él, pero resulta que políticamente esa libertad ha ido desapareciendo y se ha convertido en la libertad del mercado, de los especuladores y la sumisión inconsciente de los ciudadanos; además del destrozo del planeta y la hambruna de casi la mitad de la población. Mal camino ha seguido el liberalismo.

 
        Por otro lado, la revolución digital y tecnológica está transformando drásticamente el periodismo y la literatura, así como el ensayo y los tratados, aunque estos menos. Internet, las redes sociales y los blogs sustituyen a los verdaderos talentos y nos dan gato por liebre. Es cierto que la información es infinitamente abundante, pero dispersa, inabarcable y, en gran medida, obsoleta. Por otro lado, todo ello, producirá un cambio en nuestra forma de acceder al conocimiento que, por un lado, nos dará nuevas facultades pero perderemos otras. El progreso es un mito, no creo que la sociedad futura sea mejor gracias a las nuevas tecnologías, sólo puedo decir que será diferente. Y también, que tenemos una gran suerte la generación que nos ha tocado vivir a caballo de las antiguas formas de aprender y acercarse a los libros y a los múltiples usos de Internet, nos podremos quedar con lo mejor de las dos cosas. Pero los que sólo se han formado en las nuevas tecnologías tendrán unos cerebros estrictamente distintos, con amplificación de ciertas capacidades y merma de otras. Lo malo, y es una sospecha, es que todo esto no sea más que un juguete con el que entretener a la ciudadanía haciéndole pensar que es participativa, que está informada, cuando realmente está profundamente engañada.

 Juan Pedro Viñuela, profesor de Ética y Filosofía del IES "Meléndez Valdés".    

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