

Tema delicado, este del suicidio, donde los haya. Ya lo decía Camus en su “Mito de Sísifo”: la única cuestión filosófica de relevancia es el suicidio. Y así es, efectivamente. Cada mañana, cuando nos levantamos tenemos que inventarnos un afán, una pasión, un por qué, un sentido de nuestra existencia. Porque el sentido de ésta no nos viene dado, sino que lo tenemos que poner, inventar o crear, nosotros. La vida, per se, es un sinsentido. Somos nosotros los artífices del sentido. Y si la vida no tiene sentido y lo que sentimos es el abrazo de la humillación, del tiempo, del deterioro, del desamor, de la soledad, del abandono; en definitiva, de todo aquello que nos irá ocurriendo con el tiempo, pues lo mejor es abandonar, por esa puerta ancha, que decían los estoicos, que es el suicidio. Una muerte digna frente a la humillación a la que la vida nos ha sometido. Un erguirse con dignidad frente a la humillación, frente al sinsentido y la angustia del existir. Hay que advertir aquí que la ética se ha medicalizado. Que se ha considerado el suicidio como el resultado de un trastorno psíquico. Esto no es cierto en todos los casos, aunque lo sea en muchos. Del suicido del que aquí se habla, es del suicidio por todo lo contrario, por extrema lucidez y por una decisión absolutamente libre, quizás la más libre, porque es en la que pones todo tu ser bajo esa decisión. Echas toda la carne en el asador, como si dijésemos. El suicidio como muerte digna y como liberación. Si la vida nos infringe una humillación constante, una humillación insoportable, siempre nos queda una salida. La cultura occidental cristiana nunca ha aceptado esto. Ha tachado el suicidio de cobardía. No lo creo, la decisión del suicidio, de nuestra propia muerte es un acto de valentía. Y ser capaz de ejecutarlo con la frialdad necesaria, aún más. Al pensamiento cristiano lo que le pasa es que no puede aceptar el suicidio, ni al suicida, porque es considerado como el mayor pecado. Es atentar directamente contra la voluntad de dios. Porque nosotros, según la religión, no somos los dueños de nuestra vida, sino dios. La vida es un don divino. Rechazarla es la peor afrenta a dios. Pero ya, cuando las religiones tradicionales han muertos y sus dioses han sido sustituidos por otros, nos encontramos solos. Y no tenemos que dar explicación a nadie de nuestra propia existencia. Somos dueños de ella.
Por ello, lo que se nos viene a decir en “La humillación” es que, a mi modo de ver, si la vida es humillación (no casos puntuales de humillación) pues la muerte es un acto de libertad frente a ella. Porque recordemos, la humillación es un sufrimiento tremendo. Es el sentimiento de desgarro en el que nuestro yo, lo que somos, se va disolviendo, se va convirtiendo en nada, ante los demás y ante nosotros mismos. Pero es lo que tiene nuestra propia naturaleza: el desgarro. Nos vamos dejando el alma a jirones en la vida. Lo vamos perdiendo todo. La lucidez es conciencia de este desgarro. A menor lucidez, la existencia es más gris, más esclava y robotizada, pero menos penosa y menos riesgo de suicidio, ni siquiera de pensar en él. Y una última nota reivindicativa, cuando hablo de muerte libre: de suicidio, también me estoy refiriendo a la eutanasia y al suicidio asistido. De ahí que la eutanasia signifique: muerte digna. Ante la humillación en la que nos ha postrado la vida, nos debe quedar nuestra última decisión de una muerte digna.
Juan Pedro Viñuela Rodríguez, profesor de Ética y Filosofía del IES "Meléndez Valdés" de Villafranca de los Barros (Badajoz).
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